Hermosa Villa de Pampacolca Villa of Pampacolca view from Espiritu Santo

Libros: “LA CULTURA ANTIMPAMPA” “DISEÑO GRÁFICO ARCAICO”

 

Subtítulo: Arqueología Milenaria de Pampacolca      Testamento Histórico de Antimpampa, Perú en el sur Andino del Perú

Publicación:        Febrero 8, 2013                                                  Julio 31, 2014 

 

Maucallacta

 

Antimpampa:  

Un paso hacia lo más antiguo 

 

 

JUAN PABLO VISCARDO Y GUZMAN  

Una vida no contada  

  

JUAN FERNANDO GAMERO MEDINA 

 Juan Pablo Viscardo de Guzman y Sea

 

La historia de la dominación española se puede resumir en cuatro palabras: ingratitud, injusticia, esclavitud y desolación. 

 

                             Juan Pablo Viscardo y Guzmán.

 

                                 PROLOGO 

 

        No pretendo con este libro hacer un aporte histórico pero sí una contribución en el aspecto literario en torno al prócer Viscardo y Guzmán. 

        Al humanizar a Juan Pablo en esta novela, quiero facilitar al lector el imaginárselo jugando con niños de su edad, embroncándose con jóvenes de un colegio rival cuando estudiaba en el Cuzco, conversando de la actualidad política con sus amigos en sus tiempos de novicio, o confiando sus profundas depresiones a sus ocasionales amigos.         

        Era el análisis de las noticias que ávidamente recibía, lo que motivaba las conversaciones con su hermano Anselmo y con sus compañeros de colegio, dando muestras de su prematura madurez.  

        Más tarde, ya en el exilio, su avidez se extendió a las bibliotecas europeas y hacia  sus muy bien enterados informantes –quienes por vía epistolar- lo mantuvieron completamente actualizado. 

        Hay personajes que se han creado ucrónicamente para llenar vacíos tan importantes como lógicos de entender y que el amable lector los identificará sin mucho esfuerzo y con mucha comprensión. 

        Se ha querido poner en el tapete el momento de quiebre, cuando Juan Pablo, quien hasta el momento había tenido un razonamiento meditado y prudente sobre la emancipación de Hispanoamérica  -que siempre lo consideró indispensable para el desarrollo– tiene, como factores de ese quiebre, la rotunda y sistemática negativa del gobierno español –por los años 80- a otorgarle facultades para que administre su herencia y, sumado a  ello, la sublevación de Túpac Amaru. A partir de ese momento su rebeldía y su insistencia no conocerán descanso hasta el día de su muerte. 

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        Mi especial agradecimiento y admiración a mi distinguido amigo e ínclito Pampacolquino el señor Salvador Rodríguez Amézquita quien es el autor intelectual y espiritual de esta novela. Con sus consejos y amplio dominio del tema, contribuyó enormemente a la culminación de esta aventura novelística.      Su monumental obra Monografía de la Villa de Pampacolca, donde hace una detallada y documentadísima genealogía de la familia Viscardo y Guzmán y de otras, despertó en mí el interés en este personaje y que luego me llevó a extender mis fuentes de información.  

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        Es en esta búsqueda que encuentro valiosos aportes de grandes estudiosos del prócer, por lo que debo agradecer a Cristóbal Aljovín, Patricio Aranda, David Brading, Manuel Burga, Percy Cayo, Luis Chiquihuara, Javier de Belaúnde, Agustín de la Puente y Candamo, Carlos Deustua, José Gálvez, Luis Miguel Glave, Gustavo Gutiérrez, Teodoro Hampe, Jeffrey Kleiber, Gabriel Lostanau, Pablo Macera, Felipe Mac Gregor, Manuel Marzal, Miguel Maticorena, Armando Nieto, Scarlett O’Phelan, Gonzalo Portocarrero, Eusebio Quiroz, Patricio Ricketts, Claudia Rosas, Fernando Rosas, Augusto Ruiz, Lizardo Seiner, Merle Simmons, Gustavo Vergara y Carmen Villanueva. 

        Merece especial mención el valiosísimo -y al parecer– singular aporte del libro del Conde Fabraquer, La expulsión de los jesuitas, obra que fue editada en España alrededor de 1870 (el mal estado de este ejemplar no permite leer algunas líneas de la portada). De este libro me he permitido insertar en un Apéndice, la correspondencia que se entabló entre Carlos III y el Papa Clemente XIII y que consta en los archivos de la Real Academia de la Historia, España. 

        En este mismo libro, (del Conde Fabraquer) en la página 120, refiriéndose a las muchas causas por las que Carlos III expulsa a los jesuitas, existe un párrafo que a la letra dice: 

       Finalmente, para no detenerse en cosas menores, se halló que intentaban someter a una potencia extranjera cierta porción de la América Septentrional, habiéndose conseguido aprehender al jesuita conductor de esta negociación con todos sus papeles que lo comprobaron”. 

        ¿A qué jesuita se refiere? ¿Cuál es esa potencia extranjera? ¿Cuál es esa porción de América Septentrional? ¿Qué decían esos papeles?. En fin, abundante material para los estudiosos del prócer. 

         

                                Mayo de 2006.

                  

                          Los orígenes del prócer 

 

  El cielo chupacrino se había convertido esa tarde en un inmenso lienzo donde la naturaleza, con maestría incomparable había creado grandes arreboles que luego giraban a dorados y anaranjados para luego estallar en otros diminutos que viraban a violetas y fucsias y en  un juego inaudito y colosal, intercambiaban fulgores y destellos; finalmente el sol se abrió paso e iluminó los bien cultivados perales de don Bernardo Viscardo de Guzmán. 

          Esta poesía suspendida en el cielo de Chupacra sirvió de marco excepcional a una conversación muy importante, tanto para la pareja que participaba en ella como para todo el Continente Americano, especialmente para la América española. 

          Gaspar tomó las manos de Manuelita y muy contento, impelido por el maravilloso espectáculo, le dice, 

—Manuelita, creo que ya es tiempo que tu padre sepa lo nuestro aunque yo creo que mi padrino Antonio ya se lo habrá contado. 

—¡Ahh, mi padre!....él es muy observador y estoy segura que ya lo sabe y si no me ha dicho nada....—  y dejó escapar una sonrisita pícara que Gaspar inmediatamente interpreta. 

—...es porque no tiene nada en contra—  concluyó Gaspar. 

—Estás en lo correcto, además, tu le caes bien, será porque te conoce desde que naciste. 

—Eso me reconforta y me da valor para pedir tu mano, mi amor... 

—Una vez me dijo que a pesar de tus 19 años le parecías un hombre maduro y responsable. 

—Entonces no perderé más tiempo, mañana mismo le pediré tu mano, aprovechando que don Francisco y mi padrino están presentes. 

          En ese instante, una voz cargada de años y muy querida por Gaspar, llama desde la puerta de la casa de don Bernardo, 

—¡Gaspar, entrá ya hijo, !, ¿no se dan cuenta que está lloviendo?, ¡Jesús con éstos! 

—¡Mamita Magdalena!.... ¡ya vamos!— respondió Gaspar, quien tomando de la mano a Manuelita, la obliga a emprender veloz carrera hasta que jadeantes, llegan a la puerta cogidos siempre de la mano y se dan cara a cara con don Francisco Sea, padre de Manuelita y con don Antonio Sea, padrino de Gaspar. 

—Veo que la lluvia no les importa mucho a ustedes—  advierte socarronamente don Antonio mientras se alisaba su gran bigote. 

          Al advertir Gaspar que don Francisco acompañaba con la misma sonrisa el comentario de don Antonio, se arma de valor y decide allí mismo anunciar su relación con Manuelita y pedir su mano. Entran todos al gran salón y después de una ligera carraspeada, Gaspar les habla. 

—Padrino Antonio, don Francisco.... tengo algo que comunicarles pero... antes voy por mi madre porque...ella también tiene que... 

—Está en la cocina—  corta don Antonio para terminar con los nerviosos titubeos de Gaspar. Doña Magdalena se encontraba preparando la masa para unas roscas especiales con las que quería agasajar a sus huéspedes. 

—Madre, límpiese usted las manos y quítese el delantal, que la necesito en el salón...debo decirles algo a todos. 

—Ya me lo imagino...pero...¡eres tan joven!. En fin, agallas no te faltan y sabes trabajar—  comentaba doña Magdalena, demostrando una rapidez mental extraordinaria, mientras se quitaba el delantal y se secaba las manos en el mismo.  

—Silvestre, Pedro José, Melchora, Blas...hermanos, vengan— llamaba también a sus hermanos. 

          Cuando ya todos estaban reunidos, Manuelita permanecía discretamente alejada y oculta detrás de un cortinaje, hecha un manojo de nervios. 

—Padrino, don Francisco, madre, hermanos míos—  empezó  Gaspar  — quiero hoy participarles una gran alegría que siento en mi alma, es una alegría producto de un grande y profundo amor que...—  y dirigiéndose a don Francisco, continúa, —profeso a vuestra hija: doña Manuelita Sea y Andía—  al sentirse aludida, Manuelita sale de su escondite e inmediatamente se acerca a Gaspar quien, tomándola de la mano la presenta ante su padre y continúa hablando, 

—En mérito y en nombre de este amor que nos prodigamos, quiero solicitarles la mano de vuestra hija para unirnos en santo matrimonio con la bendición de ustedes y de Dios nuestro Señor. 

          Luego de unos segundos de silencio, don Francisco responde, 

—He visto reflejadas en vos las nobles cualidades de vuestro padre -que Dios tenga en su Gloria- hombre cabal y justiciero, defensor de los naturales, paladín de causas nobles, trabajador incansable y próspero negociante. ¡Qué honor para nosotros que mi adorada hija forme parte de una familia llena de bellas cualidades!—  y tomando a ambos por los hombros los lleva delante de un crucifijo y les dice, 

—¡Tienen ustedes mi bendición! 

—¡Y también la mía!—  exclama doña Magdalena Rodríguez Páez y Salcedo de Viscardo y Guzmán. 

          Todos estallaron en gran algarabía y abrazaban sin cesar a la feliz pareja.  

          Don Francisco ordenó que sacaran los odres con su mejor vino y luego vinieron los brindis, la música y el baile. 

          En medio de esta algarabía  y encontrándose Gaspar con sus amigos más íntimos  y animados estos por los vinos majeños llegan a preguntarle, con juvenil desfachatez, 

—¿Y cuántos viscarditos piensas tener, Gasparcito? 

—¡Por lo menos diez!—  contestó con toda seguridad 

          Don Antonio hace un alto en medio de la fiesta para hacer un ofrecimiento. 

—El presbítero bachiller don Esteban Bernedo va a llegar a Arequipa procedente de Lima a comienzos de abril. Es grande amigo mío y a él solicitaré que los bendiga y case en la Iglesia Catedral de Arequipa. 

                     ——————————————— 

 

          El 18 de abril de 1731, la Iglesia Catedral de Arequipa estaba finamente engalanada. En el atrio de la Catedral estaban esperando a la novia un tanto nerviosos, el joven Gaspar, su padrino Antonio, y los testigos don Gaspar Rodríguez, Martín Gómez y Alejo Escovedo. 

—No te impacientes, Gasparcito que de todas maneras va a llegar— le decía Martín Gómez para tranqulizarlo. 

—¡Allí viene el coche!—  grita don Antonio  —Gaspar, ocupa tu lugar en el altar, apura. 

          Un carruaje negro se detuvo frente a la Catedral, estaba adornado en sus puertas con ramos de flores blancas. Alejo Escovedo se acercó, abrió la portezuela y ayudó a bajar a la novia y a sus padres, don Francisco Sea y doña María Andía. 

          Doña Magdalena no pudo asistir por tener la salud deteriorada y un año después moriría para congoja de Gaspar que la adoraba. 

 

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          Nueve años después, la familia Viscardo y Guzmán– Sea se encontraban camino a Pampacolca. Durante todo ese tiempo, Gaspar había desempeñado varios cargos importantes en la administración arequipeña y que luego influyeron para ostentar el título de Maestre de Campo. Ya instalado, fue nombrado Gobernador de Pampacolca. 

 

                              Nace Anselmo

 

          Corrían los primeros meses de 1747 y ya habían tenido varios hijos en Pampacolca. Un día en que Gaspar llegaba del campo, Manuelita le da la noticia de otro hijo más. 

—Gaspar, creo que para abril te daré un hijo más— Gaspar la mira con ternura y tomándola de los hombros le dice, 

—Si es hombre lo llamaremos José Anselmo, ¿te gusta? 

—Si, mucho, esposo mío y si fuera mujer, Cristina. 

—¡Me gusta!—  asintió Gaspar entusiastamente. ¿Has visto a Bernardo Silvestre? 

—Si, hace un rato estuvo por aquí ¿quieres hablar con él? 

—Si, si....—  respondió quedamente Gaspar. Manuelita advirtió un tono de preocupación y tristeza en su voz. 

—¿Ocurre algo, Gaspar?—  preguntó solícita.  —te noto algo preocupado. 

—Estoy bien, no ocurre nada, Manuelita—  dijo para tranquilizarla. Creo que allí viene mi hermano, voy a recibirlo—  Gaspar se adelantó y ayudó a bajar a su hermano quien venía con su esclavo Manuel, un mulato muy leal. 

—¡Hermano, qué gusto verte!, quiero hablar contigo pero no quiero que se entere Manuelita. 

—Me asustas, Gaspar, ¿qué te ocurre, muchacho?—  Gaspar pone su mirada en el horizonte hasta donde llegaban sus magníficos perales y luego, mirándole fíjamente le confiesa, 

—Estoy enfermo, hermano y siento que la vida se me va poco a poco, quiero que te hagas cargo de mis bienes y del cuidado de mi familia cuando yo muera. Por ser vos un hombre consagrado a Dios y versado en leyes, te pido que seas tutor de mis hijos y quiero además que testes por mí de acuerdo a tu criterio si yo quedara impedido de hacerlo. 

          Bernardo Silvestre, hombre de Iglesia y versado en la administración de justicia, escuchó en silencio la confesión de su hermano. 

—Bueno es saber hermano mío que Dios puede dar por cumplida nuestra tarea aquí en la Tierra cuando lo crea conveniente o necesario. Si El lo ha dispuesto así, estoy seguro que lo hará efectivo cuando hayas cumplido tu misión y qué mejor honor que saber que hemos hecho Su Santa Voluntad. 

          Las palabras de Bernardo Silvestre fueron como un bálsamo  que alivió el alma apesadumbrada de Gaspar. Abrazó fuertemente a su hermano y juntos entraron a la casa. Manuelita contemplaba la escena de lejos y sus ojos se llenaron de lágrimas cuando se abrazaron: un terrible presentimiento abatió su espíritu. Desde ese momento una sombra cubrió su vida pero jamás dejó que Gaspar lo notara, mostrándose, por el contrario, alegre y cariñosa como siempre lo había sido. 

          El 22 de abril de 1747, en Pampacolca, el reverendo fray Gregorio Galindo puso óleo y crisma a Joseph Anselmo, quien había nacido un día antes. Su madrina, doña María Briceño y Salazar, comentaba muy extrañada su experiencia cuando estuvo asistiendo en el parto a Manuelita. 

—He sentido una lejana música muy dulce cuando mi comadre Manuelita daba a luz y ahora volví a sentirla cuando el padre puso óleo a su cabecita. 

—Imaginaciones, imaginaciones—  respondió don Silvestre Viscardo y Guzmán, padrino de la criatura. 

—Yo comparto vuestro sentimiento, doña María y ahora comadre, porque yo también he sentido algo especial cuando nacía, cosa que nunca sentí con mis otros hijos.—  aclaró Gaspar. 

          Al escuchar esto, todos callaron pues Gaspar era considerado un hombre muy serio en sus juicios. 

 

La Historia da a luz un prócer de América

 

—Está haciendo más frío que de costumbre—  comentaba Gaspar a su esposa una noche de los primeros días de junio de 1748. 

—Según me han dicho la helada está malogrando las sementeras—  le replica Manuelita y cambiando de conversación mientras se acaricia el vientre, agrega — este es el embarazo más difícil que he tenido. Este muchacho ha armado una verdadera revolución en mi vientre—  dice entre risas. 

—¿Muchacho?...¿y cómo sabes que será varón?—  la emplaza Gaspar. 

—No lo sé, pero algo me dice que será hombre. Le pondremos Juan Pablo Mariano porque quiero que se demoren en pronunciar su nombre. 

—De acuerdo, mujer, veo que lo dices con mucha seriedad...por algo será. Voy a conversar con don Juan para que sea el padrino de Juan Pablo... 

—....¡Mariano!—   completó Manuelita muy atenta  —¿te refieres a don Juan de Cabrera? 

—Eso dije, me parece que es hombre muy honesto y muy querido en este pueblo. 

—¡Que sea, ya tenemos padrino!—  finalizó Manuelita. 

 

                             26 de junio de 1748 

 

—¡Leonarda, apura con el agua caliente...que nos gana!—  gritaba Bernarda Melchora ayudando a la partera, doña Margarita Gamero, matrona muy entendida y acreditada quien ya la había asistido en los anteriores alumbramientos. 

—¡María, calienta los pañales que están helados!—  reclamaba a su vez Leonarda. 

          En el zaguán de su casa, Gaspar se frotaba nerviosamente las manos en compañía de  sus hermanos Bernardo Silvestre y Bernardo que trataban de calmarlo con vino y aguardiente. 

—Hermano, nunca te he visto tan nervioso, has pasado por muchos nacimientos y ahora estás como primerizo—  bromeaba don Bernardo Silvestre, quien acababa de recibir el título de Licenciado Presbítero. 

—¡Allí sale María!—  anunció don Juan de Cabrera quien junto con su esposa se encontraba también esperando el acontecimiento. 

—¡Es un varón!—  gritó María a voz en cuello 

—¡Que traigan un odre de vino!—  ordenó Gaspar a uno de sus esclavos  —¡que ha nacido el gran Juan Pablo Mariano! 

          Todos se extrañaron de tan insólita reacción pero solo Gaspar sabía por qué lo decía. 

          Al día siguiente una gran multitud se había congregado a los alrededores de la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Asunción que apenas se sostenía después del devastador incendio ocurrido allá por los 1700.  

          Se rumoraba que muchos habían visto extraños signos en el cielo mientras Juan Pablo nacía y un sinnúmero de comentarios y vaticinios se tejían entre la gente que rodeaba la entrada de la iglesia. Una vieja apodada la huanjo botella, se atrevió a hacer una predicción, 

¡Vivirá medio siglo y morirá muy lejos de su tierra a la que nunca volverá, pero después de muchos años, todos hablarán de él y de su grandeza!. 

          Nadie se atrevió a hacerla callar y todos guardaron un indescifrable silencio. 

          En esos momentos, hizo su ingreso Gaspar, quien llegó a escuchar las palabras de la huanjo botella y se quedó muy pensativo contemplando a Juan Pablo quien era llevado  en brazos por su padrino y tío don Juan de Cabrera. Minutos después, recibía el óleo y el crisma de manos del vicario don Joseph de Bedoya Mogrovejo. 

 

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          Han pasado siete años, y en las afueras del pueblo de Pampacolca, Pedro, un jadeante mulatito de 8 años, hijo del esclavo Antonio, llega corriendo a donde estaban Juan Pablo y su hermano Anselmo. 

—Niño Juan, niño Anselmo!, ¡su mamá los está llamando!—  por toda respuesta, Juan Pablo le dice, 

—Oye Pedro, ¿hiciste las letras que te enseñé? 

—Si, niño Juan, pero tengo que esconder la pluma y la tinta que me dio porque mi mamá no va a creer que me la ha regalado usted. 

—Está bien. Ahora me han enseñado otras letras más, fíjate, las voy a dibujar—  y tomando una ramita las trazó en el suelo. 

—Ahora te toca a tí—  le pide Juan Pablo. Pedro, con gran destreza, reproduce la muestra dejada por Juan Pablo 

—¡Muy bien, muy bien!—  exclama Anselmo entusiasmado  —cuando nos enseñen a leer, tu también aprenderás. 

          Pedro sonreía feliz por toda respuesta. Los tres eran grandes amigos y cada vez que salían juntos a andar por las chacras, se olvidaban de las categorías sociales. 

          Muchas veces eran sorprendidos cuando chupaban con fruición la dulce savia de las cañas del maíz, entonces ellos –de acuerdo a un plan preconcebido– salían corriendo en distintas direcciones para luego reagruparse en un sitio determinado y cuando llegaban allí, reían sin cesar celebrando su mataperrada. 

           El tío Bernardo Silvestre educaba a sus dos sobrinos esmeradamente cumpliendo así la sagrada promesa que le hiciera a Gaspar, quien había fallecido en 1750, dejando de dos años a Juan Pablo y de 3 a Anselmo. 

          Les puso un preceptor en casa y desde los 5 años ya estuvieron haciendo  sus primeras letras. Ambos tuvieron una innata vocación de servicio desde esta edad, como lo demostraban siempre con los hijos de los esclavos. Este contínuo contacto con los estratos más bajos de la jerarquía pueblerina los haría comprender más tarde el injusto e inhumano trato dado a las personas que nada poseían por parte de las autoridades y vecinos afortunados. 

          Cuando Anselmo tuvo unos trece años, su tío Bernardo Silvestre sostuvo una conversación con él sobre su futuro y el de su hermano Juan Pablo. 

—Ha llegado el momento de educarlos a firme en una institución de prestigio para que puedan administrar sus bienes y sus vidas con un profundo conocimiento de las cosas y del mundo que nos rodea. Tengo parientes y amigos en la Compañía de Jesús del Cuzco, que tienen a su cargo el Colegio San Bernardo, es allí donde tengo pensado enviarte para que inicies tus cursos de Gramática y Humanidades. 

—¿Y Juan Pablo no viene conmigo?—  reclamó inmediatamente Anselmo. 

—No te preocupes, yo se que ustedes paran juntos en todas partes, así que a él lo enviaré unos meses más tarde, lo que pasa es que no quiero abusar de la generosidad de las autoridades del Colegio por cuanto son ustedes muy jóvenes. 

 

      Juan Pablo: se inicia el jesuita

 

          En mayo de 1761, Juan Pablo ingresa como alumno del Colegio San Bernardo, de la Compañía de Jesús. Allí hizo muchos amigos y muy pronto él y su hermano se adaptaron a las costumbres y tradiciones del San Bernardo. 

          Un 24 de julio de 1761 se hallaban reunidos los hermanos Viscardo con algunos amigos cuzqueños en uno de los corredores del claustro Bernardino. 

—Mañana es la fiesta del Patrón Santiago—  recordó Manuel de Luque, un íntimo amigo cuzqueño. 

—Si, lo tengo muy presente porque tenemos un desafío del Colegio San Antonio—  corroboró Nolasco Adrianzén, joven de unos 16 años, hijo de unos prósperos comerciantes cuzqueños. 

—¿Y cuál es el desafío?—  terció Anselmo, con gran curiosidad 

—Que los antonianos  nos van a quitar el bonete y la beca si no nos descubrimos respetuosamente al pasar delante de ellos— explicó Manuel de Luque. 

—Lo que van a recibir son unos cuantos coscorrones—  sentenció al punto Juan Pablo, rojo de ira. Anselmo, un poco más calmado, hace una propuesta, 

—¿Ah sí?...pues haremos todo lo contrario: cuando estemos algo lejos de los antonianos, nos descubrimos, pero cuando estemos justo delante de ellos, nos volvemos a cubrir ¿qué les parece? 

—Buena idea—  exclamó Manuel de Luque   —y si algo quieren, que nos busquen—  concluyó. Un estallido de risas y aplausos rubricaron sus palabras.    

          25 de julio, el Estandarte Real estaba siendo paseado por las autoridades cuzqueñas y una gran cantidad de público bordeaba la calle principal, mientras el paseo se realizaba en la Plaza Mayor.  

          Los bernachos  siempre fueron invitados a pasear con el estandarte, pues este colegio, albergaba a hijos de conquistadores y aunque marchaban en los últimos lugares del desfile, nunca habían dejado de participar. Los antonianos  al no ser invitados, se sentían menos aristocráticos   que los bernachos  de ahí el resentimiento y la rivalidad que ya eran tradicionales. 

          Julián Maguiña, del colegio San Antonio estaba con su gente en una plazoleta a dos calles de la Plaza Mayor esperando que termine la ceremonia para empezar las provocaciones. 

—-¡Allí vienen!—  gritó Julián Maguiña  —ya saben: si no se quitan el bonete, ¡duro con ellos! 

          El grupo de los bernachos –que ya había terminado con el desfile–  se encontraban a unos 50 metros de los antonianos, entonces Anselmo los arenga, 

—¡Quítense los bonetes...ahora!, y ya saben: cuando estemos delante de ellos nos lo ponemos otra vez! Y si nos atacan...¡duro con ellos! 

—¡Se ganarán unos porrazos!—  completó Nolasco Adrianzén. 

          Los bernachos eran unos 15 y los antonianos algo de 18 o 20. 

          Cuando estuvieron frente a frente, Anselmo tomó la iniciativa y se colocó el bonete, inmediatamente sus demás compañeros lo imitaron. Por unos segundos se miraron indecisos frente a frente sin dar un paso, luego, los bernachos continuaron su marcha hacia su colegio. No se habían alejado 20 metros cuando un grito lleno de rabia y provocación los detuvo, 

—¡Gallinas!, ¡malnacidos!—  los bernachos dieron media vuelta y a toda carrera les cayeron encima. Se armó la gresca a puño limpio porque estaba prohibido que portaran armas. La lucha se mantuvo de igual a igual pese a la superioridad numérica de los antonianos . Pronto el pueblo se enteró  y también el vice rector de los bernachos, el padre Antonio Bernal.  

          El padre Antonio, hombre maduro y entrado en carnes, llegó corriendo y se puso decididamente al lado de sus discípulos. La inesperada ayuda del padre Antonio levantó los ánimos y las fuerza de los bernachos en grado tal, que hicieron correr a los antonianos...  

          Los bernachos, todos abrazados y teniendo al centro al padre Antonio, recorrieron las calles cantando los himnos de su querido colegio, antes de dirigirse a sus claustros, mientras recibían vítores y aplausos de parte de la población esencialmente criolla. 

 

          Los hermanos Viscardo vieron transcurrir sus días rodeados de muchos nuevos amigos de los llamados criollos (hijos de españoles nacidos en América) que tenían una buena aceptación en el pueblo. Amigos como Virgilio Peña, Pedro Laso y Francisco Carvajal, cuyos padres y familiares estaban vinculados en negocios con España. Aunque las noticias tardaban muchos meses en llegar siempre eran discutidas y desmenuzadas  con mucho interés por este grupo especialmente si eran de índole política. 

          A fines de 1761, llegó la noticia que en Francia habían disuelto la Compañía de Jesús por un decreto del Parlamento. 

—También tengo entendido que en Portugal, un año atrás, ejecutaron a los autores de un atentado contra José I, culpando de ello a los jesuitas—  aseguró Virgilio Peña 

—Un rumor que está creciendo en Europa es el de la inmensa influencia de los jesuitas sobre las políticas de estado, debido al gran poder económico de nuestra Orden. 

—Yo no creo en tales aseveraciones, nuestra Orden solo se ocupa de asuntos religiosos—  asegura Francisco Carvajal. Juan Pablo, quien hasta el momento ha permanecido callado, habla, 

—Lo que yo he podido comprobar es que no se hace nada por la educación de los pobres, aun siendo españoles. Si no tienes bienes qué ofrecer a la iglesia, no te educas. 

—Es una grave acusación, podrías pecar de calumniador—  le aclara Carvajal. 

—Todos sabemos que lo que he dicho es cierto. Yo lo he comprobado en Pampacolca, en Arequipa y ahora en el Cuzco—  aclara Juan Pablo  —ahora que tu no quieras decirlo desembozadamente... 

—¿Me quieres decir que no tengo el valor de manifestarlo?— gritó fuera de sí Carvajal. El mesurado Anselmo tuvo que intervenir para que la discusión no llegara a mayores. 

                        Los primeros votos

           

                   A mediados de junio de 1763, Juan Pablo hace sus primeros votos, pocos días antes de cumplir los 15 años. 

          El 26 de junio el maestro de novicios, el padre Pedro Ignacio Romero y algunos novicios se habían reunido para saludar a Juan Pablo por su cumpleaños. 

—A partir de mañana irás al Colegio Máximo de la Transfiguración para que inicies tus estudios de humanidades y filosofía-- le comentó el padre Ignacio luego de saludarlo por su onomástico y agregó  —el colegio tiene una bien ganada reputación, la disciplina es muy estricta, los ejercicios espirituales y las mortificaciones son el pan de cada día. 

—Nada de eso me detendrá, padre, estoy decidido a culminar mi formación en la Compañía. 

—Solo te pido que cuides mucho ese genio rebelde—  replicó el padre con una falsa preocupación. Todos sus compañeros rieron por la inocente recomendación del Maestro de Novicios. 

 

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          Al término de su noviciado, Juan Pablo hizo sus votos perpetuos simples, lo cual quería decir que ahora pertenecía al cuerpo religioso de la Compañía, pero no era todavía un sacerdote, es decir, todavía no era un jesuita. 

          Durante el tiempo que permaneció en la Compañía (Cuzco), visitó algunas provincias incluyendo el Alto Perú y trató de aprender quechua y aimara porque consideraba que era  fundamental comunicarse persona a persona y no por intérprete. 

 

                    

 

                   Una mirada a España en esa época 

 

          En España, 10 de agosto de 1759. La voz del Mayordomo Mayor se dejó escuchar en el real Palacio de Madrid. 

—Señores, según el correo que acabo de recibir, el Rey don Fernando VI acaba de expirar en Villaviciosa de Odón—  En medio de gran consternación escucharon la noticia los obispos de Zaragoza, Sigüenza y Valladolid así como un gran número de generales. 

          El arzobispo de Toledo, Luis Portocarrero, se dirige a los presentes demandando acciones inmediatas. 

—-Señores obispos, ministros y generales: es urgente que Carlos, rey de la Dos Sicilias, se ciña la corona española porque así lo dispuso Fernando VI. 

—Tengo entendido que don Carlos ha estado muy reacio a ocuparse de los problemas de España y se ha encerrado en los reinos de Nápoles y Sicilia. Tendremos que enviar un embajador con gran poder persuasivo para traerlo a Madrid—  aclaró el obispo de Sigüenza. 

—Yo propongo al joven Olavide, un peruano quien tuvo una destacada labor en la repoblación de Andalucía y que fue perseguido por la Inquisición y la Compañía de Jesús por su libro El Evangelio en Triunfo  opinó el obispo de Valladolid. Finalmente, después de una corta deliberación, Olavide fue comisionado.  

          Olavide, puesto en acción, obró con gran sagacidad y firmeza, logrando la aceptación de Carlos III a regresar al Palacio Real de  Madrid. 

          El 6 de octubre de 1759, Carlos III ocupa el real Palacio, después de haber dejado muy bien organizada cómo debería ser su sucesión en Nápoles y después de haber proclamado a su tercer hijo como rey de Nápoles y Sicilia. 

          Fue bien recibido en Madrid pero cometió el error de traer consigo a dos extranjeros: Grimaldi y Leopoldo, marqués de Squilache para ministros de Guerra y de Hacienda, respectivamente. 

          Durante los años que siguieron, la labor de Carlos III se vio obstaculizada por organizaciones clandestinas que clamaban por la destitución de Squilache y Grimaldi porque querían desaparecer costumbres muy tradicionales como la capa larga y el sombrero redondo y reemplazarlos por la capa corta y el sombreo de tres picos para todos los habitantes de esta corte –y cuando no– vestido militar. Para obligar al pueblo, a acatar la orden, se publicaron bandos en las principales esquinas de Madrid. Las sanciones en el incumplimiento de esta medida eran muy drásticas para la gente del pueblo pero muy benignas para los nobles, esto motivó un enardecimiento en la población y en cuestión de horas los bandos fueron arrancados y reemplazados por una décima muy sarcástica e ingeniosa: 

 

                   Yo el gran Leopoldo primero, 

                   Marqués de Squilache augusto, 

                   rijo la España a mi gusto 

                   y mando a Carlos tercero. 

                   Hago en los dos lo que quiero, 

                   nada consulto ni informo; 

                   al que es bueno lo reformo 

                   y a los pueblos aniquilo, 

                   y el buen Carlos, mi pupilo, 

                   dice a todo: ¡me conformo! 

 

          El lunes santo, prendió la idea de marchar a Palacio y se formaron piquetes que recorrieron toda la ciudad buscando adeptos a la causa y al grito  de ¡viva el rey, muera Squilache! , llegaron frente al  Palacio. El rey se paseaba nervioso frente al ventanal que dominaba la calle donde se había congregado una muchedumbre. 

—Pero...¡¿quién está azuzando al pueblo a la rebelión?!—  exclamó el rey exigiendo una respuesta. 

—La Compañía, Majestad, la Compañía—  fue  la contundente respuesta de Squilache  —ellos están soliviantando a la población. 

—¿Y por qué lo hace?—  inquirió Carlos III 

—Porque ve en nosotros una amenaza a su poder, a sus riquezas y a su influencia política, Majestad—  concluye Squilache. 

          De entre la turba surge un personaje que pugnaba por hacerse notar, era el monje Cuenca, quien a voz en cuello pedía hablar con el rey. Con la cabeza cubierta de ceniza, con una soga al cuello y un crucifijo en la mano, el monje ingresó a Palacio. En medio de una gran expectativa es puesto delante del rey y después de un cristiano razonamiento, concluyó su intervención con estas frases. 

Señor, nada tema Su Majestad, porque sus vasallos, en medio de la temeridad que hoy hacen, no desean otra cosa  que ver la real persona de Vuestra Majestad, a quien veneran y aman con una ciega lealtad y desde luego, ofrezco mi cabeza al cuchillo cuando alguno de ellos haga el más leve movimiento; antes bien, verá Su Majestad cómo en confusa gritería exhalan sus corazones llenos de repetidos vivas.           

          El rey decidió verse con los alborotadores y pidió al monje Cuenca que fuera portador de esta noticia pero que debían esperar con calma porque iba a tener una reunión previa con sus asesores. 

          Efectivamente, el rey pide dictamen a cada uno de sus asesores políticos y militares de cómo debía conducirse el enfrentamiento. Hubo distintas y diametrales posiciones de  el Duque de Arcos, del Conde de Gozota, del Conde de Priego, del Marqués de Sarriá, del Conde de Oñate y del Conde de Revillagigedo.  De los dictámenes emitidos, el rey tomó la decisión de solo presentarse a la turba y no hablar una sola palabra con ellos, pero para permitir que el pueblo se expresara, se le mandó decir al monje que prepararan un memorial  escrito con las más importantes peticiones, que él las tendría en cuenta.  

          Cumplida con esta diligencia y teniendo el memorial en sus manos, Carlos III dio la orden al monje para que la muchedumbre ingresara a los jardines de Palacio. 

          Carlos III muy cauteloso, se acerca a la ventana que estaba frente a la muchedumbre, manda abrir la puerta mampara y avanza al pequeño balcón, el sol bañó su rostro y lo hizo sonreír levemente, el pueblo prorrumpió en gritos y vivas al rey, los sombreros v las mantillas volaban, el ambiente era de fiesta y de triunfo popular. Carlos permaneció por unos minutos más recibiendo el calor del pueblo y terminó por sonreír francamente. A las seis de la tarde de aquel lunes santo todo había terminado, o así parecía. 

          Sin embargo, al día siguiente se comprobó que el rey y Squilache habían partido hacia el Sitio de Aranjuez, sucediéndose una serie de confusas acciones. El pueblo nuevamente se amotinó, se mandó llamar a Carlos III, este destituyó a Grimaldi y desterró a Squilache, luego regresa a Madrid ante el beneplácito del pueblo. El Conde de Aranda reemplazó a Squilache. 

          Días después, encontrábase el rey reunido de urgencia con su gabinete de asesores, a quienes les decía, 

—He recibido notas, panfletos y memoriales de toda clase sin saber de dónde venían pero donde se demuestra inobjetablemente que existe una conspiración contra mi gobierno, que llega hasta el asesinato de vuestro rey. 

—¿Pero quién puede estar detrás de todo esto?—  pregunta el Conde de Aranda 

—Pues una poderosa organización, la misma que montó el motín de Squilache—  responde el rey  —por lo tanto, nos volveremos a reunir para darle forma definitiva a un plan que he concebido en defensa de nuestro gobierno y de vuestro rey. Dentro de 15 días será la reunión y como será secreta, les hago saber que a partir de ahora está prohibido hablar sobre todo lo que se ha dicho en esta reunión. 

 

          Durante la dicha sesión secreta, el rey dio cuenta de una drástica sanción tomada contra la Compañía de Jesús, sindicada como propiciadora de todos los desmanes ocurridos, así como de su plan de derrocar al gobierno, pasando por su asesinato. El conde de Aranda informó sobre la cantidad de consultas que hizo al respecto  a  48 prelados de España, de los cuales 14 estuvieron a favor de la Compañía y 34 en contra. 

          La sanción consistía en la expulsión de todos los jesuitas de España y de todas sus posesiones. Su ejecución debía hacerse en secreto y todos los empleados que participaran  en la elaboración de los planes estratégicos para su ejecución, no podrían salir de las instalaciones donde estuvieran trabajando, hasta que se haya ejecutado la expulsión. 

          En Madrid se ejecutó la expulsión el 31 de marzo de 1767. Como era de rigor, Carlos III tuvo que informar al Papa Clemente XIII sobre la medida adoptada, toda vez que los expulsos iban a ser enviados a los Estados Pontificios. El Papa respondió en duros y sentidos términos, iniciándose  un intercambio epistolar caracterizado por un lenguaje áspero y directo, sin dejar de lado las formas diplomáticas (1). Finalmente, el Papa consintió en recibirlos en sus territorios y como consecuencia del tiempo tomado para este intercambio de cartas, el primer contingente de jesuitas expulsos estuvo 37 días frente a Córcega esperando la orden de desembarco.  

                   

                    

    La expulsión en el Perú (Cuzco)  

 

          El 20 de agosto de 1767, una delegación de la real Audiencia de Charcas, presidida por Juan de Arias, al que se unió después Francisco Ibáñez, de la ex– Audiencia de Panamá, se encontraba en Lima, en el Palacio Virreynal, portadora de un importante documento real. 

—Vuestra Excelencia—  dijo el bonaerense al Virrey Amat—  tengo el especial encargo de Su Majestad Carlos III de participarle que nuestro monarca ha decidido expulsar a los miembros de la Compañía de Jesús de todos los territorios de la Corona. Para el efecto, hago entrega a Vuestra Excelencia la respectiva Pragmática Sanción así como de un cuadernillo donde describe al detalle las acciones militares y civiles que Su Excelencia ha de tomar en cuenta para la ejecución de la Orden. 

          El Virrey Amat, quien estaba rodeado de sus consejeros y ministros, escuchó en tenso silencio la tremenda noticia y respondió, 

—Tenga la seguridad, ilustrísimo señor, que Su Majestad verá cumplida hasta la última de sus órdenes y ruego a usted  le haga saber que lo mantendré informado—  con lo que se dio por terminada la diligencia. 

          Después de haber leído concienzudamente la Pragmática Sanción y el cuadernillo de directivas, el Virrey convoca a una reunión de sus colaboradores de confianza. 

—Vos, mi querido amigo Perfecto Salas y vos, amigo Eléspuro, me ayudarán a desarrollar el plan de acción tanto para Lima como para el Cuzco. Se trata de adecuar nuestras acciones a lo que estipula el cuadernillo, que es un conjunto de lineamientos generales que hay que tomar en cuenta. 

—¿Cree V.E. que existan otras causas aparte de las ya mencionadas para que nuestro soberano haya tomado tamaña represión?—  pregunta Domingo Mantilla, un cercano é íntimo colaborador del Virrey. 

—Si es que hubiere, Su Majestad las mantiene en su real pecho—  respondió resignadamente el Virrey  —pero en lo que a mí respecta, los ya enumerados han sido lo suficientemente graves como para justificar dicha medida. Y cambiando de conversación...amigo coronel Araníbar, ¿cuántos miembros de la Orden hay en el Cuzco? 

—Cuarenta o cuarenta y uno, contando con los novicios que ya han hecho votos permanentes—  informó el enterado coronel José de Araníbar. 

          El 9 de setiembre fueron allanados los 4 locales que la Compañía tenía en Lima y dos días antes, el 7, fue abordado el Colegio Máximo del Cuzco. 

           

   La toma del Colegio Máximo de la Transfiguración 

 

          Recién empezada la noche y a eso de las siete, la tranquilidad conventual del Colegio de la Transfiguración se vió interrumpida por unos fuertes golpes en la puerta principal. 

          El padre Ignacio Romero hace la pregunta de rigor, 

—¡¿Quién vive!? 

—-¡Abrid en nombre de Su Majestad, soy el corregidor don Jerónimo Manrique y quiero hablar con el rector!—  tronó el corregidor. 

—¡El señor rector está enfermo!—  exclamó el padre Romero. 

—¡Pues entonces llamad al vice rector!—  replicó el corregidor un tanto exasperado. A los gritos y golpes, Juan Pablo y Anselmo se acercaron a la puerta, 

—¿Qué ocurre padre?—  preguntó Juan Pablo. Por toda respuesta, el padre Romero les dice, 

—Busquen al padre Antonio Bernal, que lo necesita el señor corregidor, después les explico, vayan, vayan—  mientras tanto, el corregidor insistía, 

—No quisiera hacer ningún escándalo padre, pero si no abre enseguida, haré derribar la puerta y lo acusaré de desacato a la autoridad—  amenazó el corregidor.  

          El padre Antonio ya había llegado a la puerta y el padre Romero lo puso rápidamente al tanto de lo que ocurría, el lo escuchó en silencio y sin hacer ningún comentario, le dice, 

—Abrid la puerta, padre Romero. 

          Apenas abrieron, el corregidor avanzó raudo hasta casi medio patio, seguido del coronel Bernardo de Tinajero, de don Gregorio Viana, de don José Picoaga, del coronel Juan Carrillo de Albornoz, de don Isidro Guisasola y del escribano real don Miguel de Acuña. El corregidor pide al vice rector que se reúnan en el comedor principal. 

          Reunidos en el comedor, fue leída la Pragmática Sanción por la que se expulsaba a los jesuitas de todo dominio español. Terminada la lectura, nadie se atrevió a pedir alguna razón o explicación, sin embargo, después de una embarazosa pausa, una mano se alzó para pedir la palabra: era Juan Pablo. 

—¿Podría Vuestra Excelencia explicarnos el motivo de tan drástica sanción?—  el corregidor pregunta en secreto al padre Romero sobre la identidad de Juan Pablo, luego, satisfecha su curiosidad, se dirige a Juan Pablo, 

—La misma pregunta fue hecha a Su Majestad y el no quiso responderla, ¿cómo espera vuestra merced que yo lo pueda hacer?, yo solo cumplo órdenes, señor Viscardo y Guzmán. 

 

                       Empieza el peregrinaje obligado 

           

          En un local asignado a los jesuitas donde debían esperar las últimas decisiones sobre su destino final, se suscita una conversación sobre el futuro que les espera. 

—A veces pienso que debíamos renunciar a la Compañía y retomar nuestra vida seglar. Si esta medida ha sido dada en todos los territorios de dominio español, entonces, ¿qué futuro nos espera?—  reflexionaba Anselmo 

—Yo creo que debemos perseverar, no es fácil servir a Jesús, esta es una gran prueba que debemos pasar. El nos dará fuerzas—  acotó Juan Pablo animando a su hermano.  

—Yo estoy de acuerdo contigo—  anotó Virgilio Peña, y junto con él estuvieron de acuerdo Pedro Laso y Virgilio Carvajal. 

          En esos momentos hace su aparición el capitán Salcedo, jefe de milicianos quien les comunica que van a ser trasladados a Moquegua y de ahí al puerto de Ilo, donde les esperaría el navío “Gran Poder de Dios”, que los trasladaría hasta el puerto del Callao. El 19 de setiembre de 1767, se embarcaron hacia dicho destino. 

 

                   —————————————————— 

 

—Me da la impresión de estar navegando sobre un mar riquísimo, lleno de vida y de recursos—  comenta Juan Pablo a sus amigos mientras contempla embobado las acrobacias de los delfines y a la gran ballena azul, la más grande del mundo. 

—Estoy seguro que muchos pueblos podrían vivir del mar enteramente—  afirmaba muy convencido Manuel de Luque—  y añade  —la riqueza de estos mares es inagotable. 

—Creo que mañana 23 de diciembre, llegamos al Callao, según me ha informado un tripulante—  terció Pedro Laso. 

          Varias semanas permanecieron en Lima a la espera de más jesuitas provenientes de todo el país. Una vez reunidos todos, salió el primer contingente de 160 jesuitas con rumbos a España vía Cabo de Hornos, a bordo del “Santa Bárbara”, el 15 de marzo de 1768. 

          Días después, a bordo del “Santa Bárbara”, se sigue hablando sobre las verdaderas motivaciones para la expulsión. 

—Me he enterado que Su Santidad Clemente XIII se negó a recibir a los desterrados de España y después de muchos días tuvo que aceptarlos—  comentaba Juan Pablo y agrega,   —no alcanzo a comprender la actitud de Su Santidad, quien es el llamado a protegernos—  dijo con un aire confundido. 

—Yo creo que tiene mucho que ver el verdadero motivo de esta medida y que su Santidad de seguro la conoce—  opinaba Anselmo. 

—Todo indica que debe ser cierto lo que ya hemos comentado—  terció Manuel de Luque  —en otras palabras, que la Compañía de Jesús tenía un poder tal que interfería en las decisiones de gobierno—  concluyó. 

—No se olviden que los jesuitas no dan valor ni crédito a la relación divina que algunos reyes pretenden tener, dentro de los cuales está nuestro Carlos III—  recordó Juan Pablo.  

          Y así en medio de incertidumbres y elucubraciones, el  

Santa Bárbara llega a Cádiz el 10 de agosto de 1768 y de allí son trasladados al puerto de Santa María, siendo en total, 300 los sacerdotes regulares y 113 los coadjutores provenientes todos de Perú. 

          En el puerto de Santa María, los expulsos reciben una propuesta que se repetía ya con cierta insistencia: que renuncien a la vida religiosa, que prometan fidelidad a la Corona y eviten todo trato con el General de la Orden. 

          Una tarde, llega un comisionado del marqués de Terry, don Simón Mejía, quien se reunió con todos los jesuitas confinados, incluyendo por supuesto, a los hermanos Viscardo. 

—Señores, tengo el honor de representar al Marqués de Terry y vengo a proponerles una salida decorosa a vuestra difícil situación—  Antes que completara su introducción, fue interrumpido por Juan Pablo, 

—Vuestra Excelencia, “nuestra difícil situación” como usted la llama no la hemos originado los que estamos aquí, por lo tanto, no veo por qué tenemos que buscar una “salida decorosa” —  arguyó.  El comisionado recurrió al vice rector para que le informe acerca de la persona que lo estaba cuestionando, después de unos segundos, responde, 

—Respetable señor, el Marqués de Terry también comprende que ustedes han sido sorprendidos por unas medidas que muchos no alcanzamos a entender, es por eso, que haciéndose eco de vuestro comprensible desencanto, el quiere manifestarles que obtendrán permiso de Su Santidad para salir de la orden y de esta manera, el Rey, en justa recompensa, os enviará a América donde se adjudicarán de prebendas y prelacías. 

          Las palabras de don Simón dejaron pensativos a todos los presentes y cuando se retiró, se entabló una terrible y desordenada discusión de todos contra todos. El tono enardecido y eufórico se debía sin duda a la juventud de la mayoría de los confinados, como es el caso de Juan Pablo y Anselmo.  

          Finalmente, un grueso grupo estuvo por la renuncia a la Orden y el otro decidió permanecer en ella. Los hermanos Viscardo se sumaron a los renunciantes. 

—Creo que debemos escribir al Conde de Aranda haciéndole ver que ya no será necesario ir a Italia para obtener la separación de la Orden, puesto que nuestro general nos la puede conceder—  aconsejó el vice rector, el padre Antonio Bernal. 

          Así lo hicieron y recibieron por respuesta que de todas maneras tenían que llegar a Italia y que la petición de las dimisorias las hicieran al Papa y no al General de la Orden y con copia a Madrid, sugerencia que los hermanos Viscardo y los demás renunciantes tuvieron que acatar. 

          Las peticiones –dentro de ellas la de los hermanos Viscardo– se formularon en noviembre de 1768 y el 3 de enero de 1769 llegan las secularizaciones a Santa María, pero los hermanos Viscardo -inexplicablemente- no se enteran de ellas hasta un tiempo después. 

          Una vez que se formalizaron todas las secularizaciones, se formaron dos grupos: los que decidieron permanecer en la Orden, fueron acomodados en el navío “Jasón” para ser enviados a los Estados Pontificios de Faenza, Bolonia y Ferrara.  

          A los renunciantes no se les envió a América, como les prometió el rey y el marqués de Terry, si no que fueron enviados a Génova, Livorno y Massa di Carrara, el 16 de marzo de 1769 en la fragata “Cristina Margarita”. 

—Estoy sintiendo una mezcla de traición, tristeza y rabia—  Comenta Juan Pablo a bordo del navío al enterarse que no iban rumbo a América si no a Massa di Carrara, en la región Toscana de Italia.  

—La primera gran decepción de mi vida...¿habrán otras peores que esta?—  se preguntó Juan Pablo un poco abatido. 

          Pero su indomable espíritu de lucha ya se estaba formando con estos rudos golpes y una actitud rebelde empezaba a germinar en su ánimo. 

          El 16 de abril de 1769 llegan a Spezia, en el Genovesado, donde, después de un corto tiempo se enteraron que estaban secularizados, es decir, que ya eran ex jesuitas, aunque, al decir de los hermanos Viscardo, nunca fueron tales porque los votos hechos fueron invalidados por falta de edad legal. 

 

                   Massa di Carrara: una nueva vida              

 

          Instalados ya en Massa di Carrara, se dieron cuenta que la vida iba a ser muy dura con ellos. 

—Con lo que recibimos solo puede comer un criado— observó Anselmo, quien había adelgazado un tanto desde que llegaron. 

—Tenemos suerte que en este pequeño pueblo también están algunos de nuestros compañeros que viajaron con nosotros— acotó Juan  Pablo                            

                                  ———————————- 

          Corría el año de 1773, los hermanos Viscardo ya se habían adaptado al medio y tenían muchos amigos. Un día de esos, Anselmo tuvo un grato encuentro.    

—¡Maximiliano!, qué alegría volver a verte. 

—¿Qué tal, Anselmo?, la alegría también es mía y la del pequeño Giácomo que me tiene loco preguntando todo acerca del Perú y de Pampacolca. 

—Pues en mi próxima visita tendré el placer de contar a tu hijo muchas cosas acerca de mi tierra. 

—Tengo algo qué contarte. Hace pocos días, mi hermana Catalina estuvo preparando la mashca según tus instrucciones y ha obtenido unas 6 libras. Cuando nos visites, haré que la pruebes para que des tu fallo.... ¿Qué te parece si vienes a desayunar mañana? 

—Encantado, Maximiliano y muchas gracias, ....dime...¿cómo está tu hermana Catalina? 

—Pues..muy bien, parece que....también disfruta de tus aventuras allende los mares. 

—Entonces...hazle presente mis saludos y...hasta mañana—  respondió Anselmo un poco turbado ante la mirada complaciente de Maximiliano Stuard, un joven toscano dedicado  hacía poco tiempo a la extracción y comercialización del famoso mármol de la región, aunque todavía no había buenos resultados económicos. 

          Más tarde, Anselmo cuenta a Juan Pablo su encuentro con Maximiliano y de la invitación a desayunar. Muy pícaramente, Juan Pablo le comenta, 

—¡Humm!, no es el amor al chancho si no .....—  Anselmo se ruboriza pero después suelta una carcajada, 

—¡Un momento, hermano!, creo que Catalina te mira más a tí que a mí...—  aclara Anselmo. 

—¡Apártate de mí, Satanás!—  exclama Juan Pablo con fingida indignación que hizo reír aún más a Anselmo. 

          Calmados los ímpetus juveniles de ambos, Anselmo se pone muy serio cuando dice, 

—Con esta magra asignación muy poco puedo hacer, para sostener un hogar, debo trabajar. Creo que Maximiliano quiere ayudarme por ese lado. 

—Antes debes asegurarte con Catalina, hermano, me refiero a que ella debe saber de tus sentimientos y de tus intenciones. 

—¿Y si no tengo nada qué ofrecerle, cómo podré proponerle matrimonio? 

—Si ella te ama, sabrá esperar, pero es necesario que le declares tu amor y lo que piensas para el futuro—  Anselmo queda un momento en actitud reflexiva y luego dice, 

—Eso haré...pero no estoy seguro cuándo. Si por lo menos tuviéramos nuestra herencia disponible.

 

                 Reclamando una herencia 

 

—Yo veo poco interés de nuestra familia para ayudarnos, antes bien, veo oscuros manejos—  advierte Juan Pablo, quien luego de unos segundos agrega, 

—Se encuentra aquí en Italia, el embajador conde de Floridablanca, a él acudiremos por escrito para hacer llegar nuestro reclamo al conde de Fuentes, en España, para que Manuel Quijano, nuestro administrador, pueda cobrar el usufructo anual de nuestros bienes y nos lo haga llegar. 

—Y que son alrededor de 15,000 pesos fuertes, fuera de 9,000 que van del 61 al 65—  aclaró el bien enterado Anselmo. 

          Puestos de acuerdo ambos hermanos deciden enviar la carta al embajador Conde de Floridablanca.  

          La espera se hizo larga y angustiosa, sin que se emitiera dictamen alguno, hasta que los sorprendió una carta de su hermana Gregoria donde daba cuenta de la muerte del tío Bernardo Silvestre, el 2 de setiembre de 1776 y donde también se establecía que les dejaba (a Juan Pablo y a  Anselmo), la totalidad de sus bienes . Esto complicó la cosa, porque el tío Bernardo Silvestre puso como condición para que sus sobrinos accedieran a esta herencia, que debían estar físicamente presentes en estas tierras, antes que se cumplieran 10 años de su muerte. 

          Este mismo año, fue reemplazado el virrey Amat por Manuel de Guirior, un personaje suave y tratable. 

—Han nombrado albacea a Ramón Bedoya Mogrovejo, con el propósito que él nos facilite el retorno al país antes del término estipulado—  informó Juan Pablo a su hermano. 

—No tenemos más remedio que seguir buscando más gente que nos pueda ayudar—  aconseja Anselmo. 

—Estoy pensando en una persona que está muy vinculada con la Corona: don Manuel Ventura Figueroa, hagamos un memorial dirigido a él—  opina Juan Pablo. 

—Hagámosle saber en ese memorial, que fuimos comprendidos en la expatriación a pesar de haber hecho solo votos permanentes simples. Añadamos también que no aspiramos a que nos autorice el regreso –pues parece imposible– pero sí quisiéramos que se nos autorice manejar nuestros bienes desde aquí mediante un representante. 

 

          ————————————————————- 

            Después de un tiempo extremadamente largo, en junio de 1778, el Conde Campomanes ya había evacuado un dictamen final que traía por tierra todas las esperanzas de los hermanos Viscardo y que en resumen decía que para que un bien de esa naturaleza esté bien administrado y dé los frutos esperados, debe contarse con la presencia física de los expatriados y como esto es imposible... 

          Conclusión por demás antojadiza pues se basa en otros casos que son muy diferentes y no encajan con el de los hermanos Viscardo. 

—Parece mentira que nuestra familia no haga nada por favorecernos—  comentó Anselmo un poco abatido. 

—No cejaremos en nuestro propósito, hermano. Debemos continuar, ahora dime, ¿cómo van tus relaciones con Catalina? 

—Bueno, ya sabes que seguí tu consejo, ella me aceptó sin ningún miramiento por mi pobreza y lo mismo puedo decir de Maximiliano. 

—Qué bueno, hermano, los felicito...y en cuanto a... 

—...¿Casarnos?, pues...muy pronto. He estado trabajando como tú sabes, con mi futuro cuñado en la supervisión de los obreros pero el polvo está flotando por doquier y mi salud no me ayuda, tengo mucha tos de modo que voy a tomar un descanso. Ahh...antes que me olvide, te manda sus fervientes saludos doña María Ana Bay... 

—...Una señora muy simpática y acogedora, mi querido hermano, pero que no me suscita aquel sentimiento que podría haber motivado aquella tu frase pícara. Yo le estoy muy agradecido porque me presentó muchos personajes que nos están ayudando en nuestros reclamos—  aclara Juan Pablo frotándose la nariz. 

—Me gustaría que tu y la señora María Ana fueran los padrinos de mi primer hijo. 

—Encantado, hermano—  fue la entusiasta respuesta de Juan Pablo.    

 

                   —————————————————— 

          1780, Agustín de Jáuregui reemplaza al virrey Guirior en el Virreynato del Perú.  

          Un domingo al medio día, con la tibieza de la primavera toscana, un pequeño grupo de personas sale de  una modesta capilla  de Massa donde se había consagrado un matrimonio: el de Catalina Stuard con Anselmo. El pequeño pero alegre grupo se dirigía a la casa de los hermanos Viscardo, pues Juan Pablo había hecho lo posible para que hubiera una pequeña celebración en la compañía de algunos amigos como Maximiliano (hermano de Catalina), Manuel de Luque,  Virgilio Peña y María Ana Bay. Entrada la tarde, Juan Pablo propone un brindis, 

—Hagamos un último brindis por la salud y prosperidad de Anselmo y Catalina....porque ya se acabó la única botella de champán que tenía— las risas y los aplausos por esta chanza no dejaron escuchar unos golpes en la puerta, salvo el privilegiado oído de Anselmo. 

—Alguien llama a la puerta—  dijo, mientras se disponía a abrir.  Se trataba de Carlos de Anunzio, un vecino del lugar quien era comerciante y acababa de llegar de Perú, luego de haber estado en Lima y Cuzco por negocios. 

—Amigo Anselmo, amigo Juan Pablo, tengo el ingrato deber de participarles del fallecimiento de vuestra madre, doña Manuelita. En el Cuzco, un  primo vuestro, Juan Viscardo de Guzmán, me lo contó personalmente y me pidió que les informara. No tuvo tiempo de escribirles porque yo partía el mismo día que nos encontramos—  concluyó de Anunzio y acercándose a Juan Pablo y a Anselmo los abrazó, dándoles sus condolencias.   

          Esta noticia ensombrece los ánimos de los hermanos Viscardo por unas semanas, para luego reiniciar sus ya habituales gestiones reivindicativas.  

          En los meses y años que siguen, las peticiones, memoriales y cartas de los hermanos Viscardo son abundantes y contienen en cada una de ellas, nuevos ángulos de enfoque, para que las autoridades tengan un cabal conocimiento de su problemática. 

          Se produce entonces una mecánica muy particular en este intercambio epistolar. Cada vez que los hermanos Viscardo recibían alguna noticia alentadora, al reclamar en base a esa esperanza velada, recibían una respuesta opuesta y contundente, luego, los Viscardo volvían a la carga para luego recibir la respuesta alentadora y así sucesivamente. 

 

                         La Historia forja al rebelde 

 

          Al repetirse este proceder en forma que parecía estructurado así, empieza a crear en Juan Pablo y Anselmo un sentimiento de rebeldía hacia un sistema que actuaba solo desde un lado: el del poder. 

          En 1781, llega a los oídos de Juan Pablo la insurrección de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, a quien admiraba. 

           Una noche, estaban reunidos en la humilde vivienda de Juan Pablo, Anselmo, Catalina, Manuel de Luque, Virgilio Peña y Pedro Laso. Juan Pablo les hizo el siguiente comentario 

—Hay que poner los ojos en Inglaterra. Ellos están en una situación histórica donde les conviene ayudarnos, necesitan nuevos mercados porque están en un auge industrial y comercial como ninguna otra nación en el mundo y nosotros podemos proporcionarles nuevos mercados, nuevas y favorables rutas para sus naves. Solo  tenemos que independizarnos de España—  Manuel de Luque y Virgilio Peña se levantaron de sus asientos como lanzados por un resorte. Manuel de Luque, después de reaccionar, comenta, 

—Me gusta la idea, pero me tomaste de sorpresa, me hubieras preparado algunos días atrás, Juan Pablo—  todos rieron de la ocurrencia. 

—¿Y cómo te comunicarías con Inglaterra?—  pregunta el también sorprendido Virgilio Peña. 

—En Liorna está el cónsul británico, D. John Udny, del cual tengo muy buenas referencias y sé que acogerá seriamente nuestras ideas—  replicó Juan Pablo. Anselmo quiso argumentar a favor de la posición de Juan Pablo, 

—Los españoles nacidos en el Perú, no tienen las mismas ventajas de los que vienen de España, a quienes se les da preferencias en la política, en el negocio y en el gobierno, frente a los criollos (hijos de españoles nacidos en América). Nuestros padres lucharon a brazo partido para consolidar el poder de la Corona en estas tierras y sin embargo, a sus hijos, se les niega su participación en cargos importantes. 

—Por eso los criollos tienen un gran resentimiento hacia los españoles porque apenas llegan, consiguen honores y riquezas por las que nunca lucharon ni se esforzaron—  agrega Manuel de Luque. 

—Es por eso que el criollo convive mejor con el indio porque estos ven en ellos al amigo que los instruye en lo religioso y en lo social; muchos de nosotros hemos dado cobija a un indio en desamparo.—  subraya Anselmo 

—El cónsul Udny debe saber que tenemos una familia que llegado el momento puede ayudar a la causa libertadora como el primo Juan Viscardo de Guzmán, quien podría viajar a Inglaterra, también tenemos a Túpac Amaru, que cuenta con 40,000 hombres y que todo lo que necesita son oficiales ingleses al mando. 

—Yo podría ir a Lima a coordinar el asalto—  sostiene Anselmo emocionado. 

—Yo hablaría con mi padre, el tiene muchas tierras y hace negocios con indios y mestizos quienes lo estiman mucho por eso lo llaman miste o viracocha  agrega el no menos emocionado Manuel de Luque.  

          Estaban alrededor de una rústica mesita alumbrados por una delgaducha vela de sebo, de pronto Juan Pablo se yergue, la llama oscilante y débil de la vela le da un brillo sobrecogedor sus ojos, da un fuerte golpe en la mesa y anuncia, 

—Ya tengo todas las ideas necesarias para hacer una carta al cónsul, también debemos hablar con Horace Mann en Florencia, quien es un ministro inglés de buenas referencias. Empezaré ahora mismo. 

 

              Empieza la gesta: Londres, primer viaje 

 

          El 29 de octubre de 1781, nace María Ana Rosa Viscardo y Guzmán Stuard. Como ya estaba previsto, Juan Pablo con María Ana Bay fueron los padrinos. 

          Una noche, luego de haber estado todo el día en constantes gestiones con gente allegada a Udny, como Horace Mann, embajador británico en la corte de Toscana, Juan Pablo llega a su casa con una noticia. 

—Parece que vamos a viajar a Londres, hermano—  Juan Pablo estaba contento de los progresos de su gestión, especialmente las últimas conversaciones con Horace Mann, quien había decidido enviarlos a Londres 

—Así que estamos de viaje, voy a extrañarlo, Juan Pablo—  quien así se expresaba era María Ana Bay, la madrina de María Ana Rosa. 

—Mi querida María, usted sabe muy bien que es un sentimiento que gustoso comparto con usted, porque yo también la extrañaré, sobre todo a la hora del desayuno... 

—¿Y por qué habría de ser?—  pregunta graciosamente María Ana. 

—¡Por la mashca!. Aprendió muy bien a prepararla, María—  respondió Juan Pablo, quien toreó así la pregunta.   

—Creí que pudo haber sido por otra cosa...— replicó María Ana con tono de desilusión. Anselmo, quien estaba con ellos, se retiró discretamente con una sonrisa maligna en los labios, ante la desesperación de Juan Pablo que no quería quedarse a solas con María Ana. 

—Yo sí lo extrañaré, por ser tan buena persona conmigo— se apresuró a decir María Ana antes que Juan Pablo tuviera tiempo de decir alguna disculpa. 

—María...le prometo dedicarle más tiempo a mi regreso de Londres. Pensaré mucho en usted. 

—¿En mi o en la mashca?—  insistió María Ana. Una sonora carcajada de Juan Pablo puso el punto final al espinoso trance. 

          Luego de atravesar el norte de Italia y Alemania, los hermanos Viscardo llegan a Londres probablemente en junio de 1782, con los nombres cambiados: Juan Pablo es Paolo Rossi y Anselmo es Antonio Valessi, y estaban subvencionados por el Foreign Office. 

          Juan Pablo tuvo una serie de entrevistas con James Fox y el Secretario Townshend, Lord Grantham, comunicándoles a cada uno de ellos sus planes estratégicos para lograr la independencia del Perú y de América española, así como de los inmensos beneficios económicos para Inglaterra. 

          En su pequeño departamento londinense, Juan Pablo comentaba un tanto desilusionado, 

—No los noto muy seguros en sus razonamientos, tal parece que Francia e Inglaterra van a firmar una Tratado de Paz. 

          Los acompañaba Edward Johnson, un alto empleado del Foreign Office, quien les servía de puente con las altas autoridades del gobiernos inglés. Estaba fascinado por lo que contaban los hermanos Viscardo acerca de la grandeza del Imperio Inca y de los potenciales económicos del Perú y de toda la América española. 

—Edward, a los españoles que actualmente llegan a Perú—  le explicaba Juan Pablo  — no les interesa el desarrollo del país, todo lo que quieren es reunir 200,000 pesos para regresar a España y darse la gran vida. 

—Mi hermano y yo—  agrega Anselmo  —estamos dispuestos a desempeñar el papel que el gobierno inglés decida en caso que acepte intervenir militarmente. 

—¿Y cuál sería la mejor ruta para llegar al Perú?—  pregunta Edward. 

—La del Cabo de Hornos—  responde Juan Pablo sin titubeos. 

—¿Y han habido otros movimientos independistas en esa región?—  pregunta Edward con creciente interés. 

—Han habido varios— responde Juan Pablo, los principales han sido el de Cochabamba en 1760, el de Quito en 1764, el de Tucumán, y finalmente el de Túpac Amaru en 1780 y otros innumerables a lo largo de toda América. 

—Todos estos intentos fueron aplastados porque no tenemos mandos militares experimentados, además, existe la idea muy arraigada entre los criollos de no permitir que un indio pudiera gobernarlos, en caso que el Imperio Inca fuera restituido—  aclara Anselmo  —por eso sería muy importante que Inglaterra acepte intervenir con un contingente muy experimentado. 

—Estamos seguros que el éxito sería total—  rubricó entusiastamente Juan Pablo—  Johnson se puso de pie y dando unos pasos por la pequeña habitación, se acerca a Juan Pablo y poniéndole una mano en el hombro, le dice, 

—Juan Pablo, te recomiendo que hagas una carta a Lord Sydney, quien tiene mucha influencia sobre William Pitt, primer ministro inglés. 

—Inmediatamente escribiré esa carta—  aseguró Juan Pablo. 

—Y yo tendré mucho gusto de hacerla llegar a Lord Sydney—  concluyó Johnson. 

          El 3 de setiembre Francia e Inglaterra firman un Tratado de Paz. 

—Tenemos que aprovechar la situación— le comenta Juan Pablo a Anselmo 

—¿Y cómo así? 

—Pidiendo a Lord North, Secretario de Estado, que nos de  autorización y medios para viajar a  Perú ya que nos encontramos  en precaria situación económica. 

—Creo que es una buena idea—  afirma Anselmo. 

          Desgraciadamente Inglaterra no quiso enturbiar sus relaciones con España y desestimó tal pedido. 

                               

  Sin pena ni gloria, retorno a Italia. Muere Anselmo 

 

          Después de firmar el tratado, Inglaterra consideró que los hermanos Viscardo ya no les servía más.  

          Como todos sus intentos de recibir ayuda económica fracasaron, regresaron por sus propios medios a Massa di Carrara, a comienzos de 1784. 

 

          La situación económica se había agravado con Maximiliano, quien tuvo que emigrar a otra provincia, restándole con ello,  la ayuda que le daba a su hermana Catalina y a su sobrina María Ana Rosa. 

—Hermano, te veo muy desmejorado, y también a mi ahijada, ¿que te parece si nos trasladamos todos al norte?, me dicen que tiene un clima más seco y benigno—  propone Juan Pablo. 

—Me imagino que nos acompañará María Ana....es tan buena con nosotros que... 

—No te esfuerces, hermano, ...por supuesto que irá con nosotros....hasta el fin. En cuanto a nuestros intereses, creo que voy a  reanudar mis gestiones con otras personas que puedan ayudarnos. 

          Una vez instalados en el norte, Juan Pablo reanuda su correspondencia con Horace Mann, insistiendo en la ayuda inglesa y en las grandes riquezas que les esperan. 

          Sin embargo, la preocupación de mantener a su familia hizo que Anselmo regresara a Massa di Carrara en busca de trabajo. Su ánimo había decaído y su salud se quebrantaba rápidamente. El 29 de setiembre de 1785, fallece a los 38 años de edad. 

          Tiempo después, Juan Pablo se encontraba nuevamente en Massa di Carrara en compañía de su ahijada a quien había ido a verla en su calidad de tutor. 

—Padrino, ¿algún día conoceré el Perú? 

—Haré todo lo posible para que así sea—  responde firmemente Juan Pablo y agrega  —allá iremos con tu madre y tu madrina, viviremos cómodamente y nada nos faltará— y cogiendo de la mano a Ana María Bay, añade —y seremos muy felices. 

           

          —————————————————————— 

 

          A comienzos de 1791, en la ciudad de Bolonia, Juan Pablo se encuentra con su amigo Javier Esquivel, ex-jesuita como él. 

—Estamos cerca a cumplir 300 años de dominación española y quisiera que para esa fecha se lanzara un gran grito libertario. 

—La fecha no podría ser más propiciatoria para una declaración tan importante—  comenta con entusiasmo Esquivel  —los peruanos deberíamos estar orgullosos de tí, Juan Pablo. 

—No te dejes llevar por el corazón del amigo, porque hay algo que tengo que contarte que solo lo confié a  mi hermano Anselmo un día que estuve muy deprimido, dolido y defraudado de todas las autoridades españolas y británicas. 

—¿Y qué es eso tan importante que no se lo comunicaste a nadie?—  pregunta Esquivel con creciente interés. 

—Que si el gobierno español  -después de una razonable deliberación y juicio– hubiera dado un fallo favorable a mis solicitudes, yo no habría lanzado mis gritos independentistas ni mucho menos reclamar la intervención de una potencia extranjera como Inglaterra. 

—Ahora que lo mencionas...¿podría pensarse en traición?—  arguye Esquivel. 

—Habría que determinar primero cuál es nuestra patria: España o Perú—  responde con decisión Juan Pablo 

—Tienes razón, nosotros nos sentimos peruanos o hispanoamericanos pero de ningún modo españoles. 

—¿Y qué habría pasado si España te daba la autorización para regresar a Perú?, ¿lo habrías hecho?—  insiste Esquivel 

—Por supuesto y lo más probable es que me hubiera dedicado al negocio agrícola, porque pienso que en la generación de riqueza está el progreso de los pueblos. 

—Falta poco menos de un año...—  le recuerda Esquivel 

—Solo me falta ordenar algunos papeles. 

 

          Segundo viaje a Londres: nuevas esperanzas 

           

En el puerto de Livorno, mayo de 1790. En una oficina contigua al despacho del marqués de Silva, cónsul del reino de Nápoles, Juan Pablo oficia de vice cónsul  y conversa con Joseph Brame, cónsul británico en Génova, enviado por John Augustus Lord Hervey para contratar a Juan Pablo para el gobierno británico. 

—Es para mí un placer comunicar a Ud. que tengo el encargo de Lod  Hervey, embajador de la Corte de Jorge III en la Corte de Florencia, de solicitar a usted nos asesore en asuntos hispanoamericanos porque nuestro gobierno estima muy importante estar informado de los movimientos libertarios de algunas  -o quizá de todas– las colonias españolas. Para este propósito, el señor Sundersberg y yo tenemos facultades para negociar con usted los términos del contrato. 

—Juan Pablo, sin dejar su aire desconfiado y cauteloso, responde pausadamente, 

—Me siento honrado por su declaración e interés en mi persona pero preferiría que nos volviéramos a reunir en otro lugar y fecha para discutir, pues necesito hacer unos cálculos y precisiones, además, quisiera que estuviera presente el señor Sundersberg. 

—No tengo ningún inconveniente, ilustre señor Viscardo. Inmediatamente haré saber su deseo al señor Sundersberg— prometió Brame. 

          Siguieron muchos meses de negociaciones en distintos escenarios sin que se enterara el marqués de Silva, mediando cartas de consulta casi semanalmente con el Foreign Office.   Muchas veces se estuvo a punto de romper las tratativas y siempre del lado de Juan Pablo,  porque este sabía que tenía una posición de ventaja y quería aprovecharla. Una de ellas es que estaba bien pagado por el marqués de Silva,  la otra era que Inglaterra no tenía mejor agente que  

él y finalmente, quería una remuneración que debería ser parecida a la estaba dejando de percibir por sus bienes. 

          Por fin, en Pisa, reunido con un sobrino de Mr. Udny y Sundersberg, estos aceptan doblar la anterior propuesta,  

—Señor Rossi, me complace informarle que Sir James Bland Burges ha aceptado pagarle 400 libras esterlinas como pensión vitalicia en armadas de 100 por trimestre. 

—Le daremos 25 a cuenta antes de iniciar el viaje—  acotó el sobrino de Mr. Udny. 

—Hasta el momento estoy de acuerdo, solo que deploro la enfermedad de Mr. Udny, quien pudo autenticar con su sola presencia este acto. Ahora pongámonos de acuerdo en el itinerario. 

 

          En julio de 1790, Juan Pablo, preocupado por su inminente viaje a Londres y por la precaria situación de su ahijada, hace un rápido viaje a Massa di Carrara. 

—Catalina, debo viajar a Londres y quiero dejarles algún dinero para el sostenimiento de mi ahijada y también del tuyo. Aquí hay dinero suficiente para colocarla en un orfanato en caso que tu salud no te permita seguir cuidándola. 

—Gracias, cuñado por tu generosidad, ella está enferma y con este dinero trataré de mejorarla, ¿nos escribirás? 

—Si, cuando esté debidamente instalado te escribiré para saber de ustedes. Adiós.   

                             ———————————————— 

          El 15 de marzo de 1791, Juan Pablo llega a Londres escoltado por Sundersberg desde Florencia y se aloja en el 33 de Allsops Buildings. Desde que se instala, se dedica a difundir sus ensayos, manifiestos y proclamas que llevó consigo y encarga de ello a su protector Bland Burges. 

          Sin embargo, Juan Pablo no percibía ninguna reacción favorable a sus intenciones libertarias con intervención armada inglesa, razón por la cual se siente nuevamente frustrado. Pero otro hecho va a causar un malestar más en Juan Pablo: recibe una carta de María Ana Bay donde le comunica el fallecimiento de su ahijada, el  17 de mayo de 1791. A esto se agrega la guerra que en 1793 declaran los dirigentes revolucionarios franceses a España, esto significaba que Inglaterra tenía que suavizar sus relaciones con España puesto que Francia hasta ahora era su enemiga. 

          Comienza un cambio en la actitud de Juan Pablo que  siente que sus días como agente estaban contados. 

—He visto una mirada hostil en los funcionarios del Foreign Office cada vez que presento los recibos de mi pensión—  llega a decirle a su amigo londinense Edward Johnson, con quien compartió varias horas de tertulia durante  su primera estadía en Londres. 

—Indudablemente que la guerra España-Francia ha puesto frenos a los planes de Inglaterra para con las colonias españolas, pero este trance pasará pronto y podrás reanudar tus gestiones. Creo que no debes renunciar a tu paga. 

—Creo que mis fuerzas se acaban, amigo mío, hay días en que me siento muy mal y lo peor es que ya no tengo a quien recurrir. Hace ya 5 años presenté mi mayor trabajo: La Carta a los Españoles Americanos y no he recibido ninguna frase de aliento. 

          La noticia de la paz España-Francia en julio de 1795, alivió el ánimo de Juan Pablo. 

—Sin embargo, no habrá una verdadera paz en Europa colonialista mientras no haya libertad de comercio y esta libertad es a su vez incompatible con la dependencia en que se encuentra casi toda América—  comentaba con su amigo Johnson. 

          Pero si Juan Pablo esperaba alguna reacción favorable de Inglaterra en los próximos meses, se equivocaba. Esto, más el retiro de Bland Burges  de la Secretaría de Estado del Foreign Office, quien es reemplazado por George Hammond,  le produce otra recaída de ánimo. En su desesperación, llegó a pensar que habían pagado a una persona para que lo asesinara. Nuevamente su amigo Johnson se encarga de reanimarlo y sacarlo de su paranoia. 

—Mi querido amigo—  le dice  —he tomado conocimiento que ha sido nombrado como embajador de los Estados Unidos de Norteamérica el señor Rufus King, un federalista anti francés. Creo que te conviene sopesar el punto de vista de un diplomático  norteamericano respecto a tus ideas libertarias. 

                                    

                                        Rufus King 

 

          En junio de 1796, Rufus King, de 41 años, diplomático de finos modales y amplia trayectoria política, llega a Londres con su esposa Mary Aslop y sus cuatro hijos y se instala en el Great Cumberland Palace. 

          Se establece rápidamente una fuerte amistad entre King y Juan Pablo. El embajador llega en un momento crucial en la vida del ex jesuita, quien le cuenta toda su vida con una franqueza y una amplitud nunca antes practicada y de la que él mismo se sorprendía. Termina su historia contándole que ha decidido ya no cobrar su pensión y que teme que alguien haya decretado su muerte, motivo por el cual le pide que lo ayude a llegar a Filadelfia. 

—Calma, amigo Juan Pablo—  le dice King  —todos los que estamos cerca a tí, te queremos y protegemos y no hay ninguna razón para que huyas de Inglaterra. En primer lugar, te pido por favor que vayas a Dowing Street y verás cómo el mismo  Mr. Hammod te va a atender en el pago de tus devengados. En cuanto a lo de Filadelfia, todavía no es el momento, hay mucha incertidumbre política en Europa y muchos intereses en juego y esto, repercute en América. 

—Eso se debe a la dependencia económica—  asegura Juan Pablo con vehemencia. 

—En eso estamos de acuerdo y es una razón más para seguir trabajando intensamente por un libre comercio sin privilegios para Europa. Lo de Filadelfia lo dejaremos para cuando la situación esté más favorable. Yo veo en todo esto una expectativa por saber en qué momento tanto Francia como España e Inglaterra van a aprovechar la mejor oportunidad que se presente para afianzarse en la hegemonía mundial. 

—Yo también lo veo así, pero no encuentro una solución. Si Inglaterra no quiere intervenir en la independencia de Hispanoamérica, lo hará Francia...y creo que a ambos no nos gusta la idea... 

—Efectivamente—   responde King  —siempre estaré en    contra de los detestables principios de la Revolución Francesa y la única solución viable sería la intervención de los Estados Unidos de Norteamérica, con o sin ayuda inglesa. 

—Veo una nueva esperanza en tus palabras, amigo mío y aunque mi salud se está quebrando, yo confío en que tú continuarás mi lucha. Por lo pronto, quisiera que guardaras en tu casa todos mis documentos. 

—Tranquilízate, Juan Pablo, ya te pondrás bien, ahora voy a mandar a alguien para que recoja esos documentos. 

                    

                   ————————————————— 

          En una de las frecuentes visitas que Juan Pablo hacía a Rufus King, le comentaba a este el resultado de su gestión en Dowing Street. 

—El señor Grenville, secretario de Mr. Hammod,  me atendió personalmente y comprobó que me cancelaran hasta el último devengado. Tenías razón, Rufus. Ahora quisiera que recibas estos nuevos documentos y déjame escoger algunos de los que tienes para hacerles ciertas correcciones. 

—Me alegro que tu ánimo haya mejorado, Paolo, espero que sigas adelante. 

                                       Miranda 

          A mediados de enero de 1798, Francisco de Miranda, el prócer Venezolano, llega a Londres y autoproclamándose representante de los pueblos hispanoamericanos,  se entrevista en la Corte de Saint James con William  Pitt, jefe del gabinete británico, lanzándoles este breve discurso, 

—Estoy convencido, como representante de los pueblos hispanoamericanos, que será necesario armar una expedición militar para independizar estas colonias. Se requerirá una escuadra naval frente a las costas peruanas, de 2,000 jinetes y 8,000 infantes ingleses, además, Norteamérica debería ayudar con un contingente mayor y muy experimentado de soldados y oficiales.  

—Un movimiento de esta magnitud no debería ser motivo para una respuesta fácil e inmediata de parte nuestra—  sostuvo Pitt  —nuestro gobierno deberá consultarlo con el presidente John Adams de inmediato. 

          Miranda aceptó comprensivamente la posición inglesa y cambiando un poco el tono de voz, comentó, 

—Me gustaría conocer otras personas que estuvieran interesadas en nuestra causa...tal vez...algunos de los jesuitas expulsados...—  Pitt miró con la rapidez del rayo a sus asesores buscando una respuesta y uno de ellos se encargó de zanjar el trance. 

—Mucho me temo no poder informarle adecuadamente señor Miranda, porque nuestro gobierno todavía no ha podido hacer contacto con la persona idónea. Quisiéramos tener un agente muy bien enterado y pronto lo conseguiremos. Podría ser un jesuita. Se lo haremos saber. 

          Rufus King también se llegó a entrevistar con Miranda el 30 de enero de 1798, cuando Juan Pablo estaba sumido en un agudo cuadro depresivo y de debilidad. Pero antes, un emisario del Foreing Office llegó a él para “sugerirle” que evitara una entrevista Miranda-Viscardo, por no convenir a los intereses británicos en esos momentos. 

          En esta entrevista, Miranda expone los mismos planes que en la reunión con Pitt. Luego de escucharlos, King le responde, 

—La actitud inglesa me parece enmarcada en los cánones diplomáticos y yo haré lo mismo con mi presidente. Sin embargo, de manera personal opino que se debe acabar con el colonialismo español y abrir los mercados libremente. 

—En eso estamos completamente de acuerdo, Mr. King, el progreso de América está en manos de un comercio libre y en la explotación de las enormes riquezas que encierran nuestras tierras y océanos, pero todo esto, después de obtener la libertad de nuestro continente— concluyó Miranda. 

HACIA LA INMORTALIDAD Y GLORIA

 

          En una modesta y poco ventilada habitación en el 33 de Allsops Buildings, el sábado 9 de febrero de 1798, una voz ronca y agitada llamaba con todas sus fuerzas, 

—¡Señora Figgins...señora Figgins!—  la señora Figgins, dueña de la casa que ocupaba Juan Pablo acudió solícita. Juan Pablo temblaba de frío, tenía la barba crecida, los ojos hundidos y un helado sudor en la frente. Al verlo, la pobre señora se alarmó. 

—¡Señor Rossi, por Dios, ¿que le ha pasado?! 

—Estoy muy mal, señora Figgins, por favor, avísele a mi amigo Rufus King que venga enseguida. 

—Ssi..si señor Rossi, enseguida. 

          Cuando Rufus King llegó, temió lo peor porque lo encontró muy débil, sin embargo Juan Pablo halló fuerzas para llamar a la señora Figgins, 

—Señora Figgins...abra aquel baúl y dele al...señor King un paquete con documentos...—  cuando le hubo entregado, Juan Pablo le explica, 

—Están sellados...y me....faltaba poco para terminar mi obra pero creo que...no podé hacerlo...por eso te lo entrego, para que tu lo hagas publicar en mi nombre... ¡para el bien de la humanidad!—  Rufus tomó el paquete muy emocionado y le dijo, 

—Ten la seguridad que no descansaré hasta no ver publicada tu obra. 

—Gracias, Rufus...solo en tí confío. 

          Rufus King se retiró y regresó al día siguiente, el 10 de febrero por la mañana. 

          Lo que vió King le hizo pensar que su deceso era inminente; al verlo, Juan Pablo trató de articular algunas palabras, 

—Si no hay libertad...para América del Sur...no habrá progreso...hay que luchar por su...libertad...solo en tí confío, no confío en....Miranda. 

—Descansa, amigo, no te esfuerces demasiado, yo ayudaré a tu causa— Juan Pablo lo miró con ojos de agradecimiento y lo tomó fuertemente de la mano. 

          Rufus King se retiró, y ya en su casa, es recibido con mucha ansiedad por su esposa Mary.  

—Rufus...¿en qué estado has encontrado a Paolo?  

—Mary....en cualquier momento...Paolo ya está muy próximo a expirar. Mary se deja caer en un sillón de su elegante sala y mirando la ventana hace reminiscencias, 

—Cuántas cosas nos contaba de su tierra Pampacolca a la que adoraba... del Imperio Inca... de su técnica agrícola. Cada vez que venía, los niños lo rodeaban para obligarlo a contar alguna de sus aventuras de la infancia, o de las maravillas que encierra el Perú. 

—Un gran patriota que hizo la guerra con papel y pluma—  añadió Rufus. 

          Aquella noche invernal, las calles de Londres estaban desiertas, la ventisca helada y una persistente garúa   parecían configurar un marco para malas noticias. 

          Mientras la familia King cenaba, unos golpes a la puerta hicieron saltar de su asiento a Rufus, quien personalmente atendió la llamada. Se trataba de un mensajero de la señora Figgins quien le entregó una esquela. En ella se daba cuenta que Juan Pablo había fallecido a las siete de esa noche. Rufus entregó la esquela a Mary en silencio mientras se alistaba para salir. Mary, después de leerlo, abrazó a su esposo también en silencio y lo dejó partir.  

          Ya en su lecho de muerte, Rufus King da algunas instrucciones a la señora Figgins. 

—Señora Figgins, quiero que le haga un entierro sencillo y que también haga un inventario de sus pertenencias y valores. 

—Así lo haré, señor King, pero yo no entiendo de inventarios ni de cuentas... 

—No se preocupe, yo le enviaré un familiar para que la ayude. Las pertenencias del señor Rossi y algún otro bien, quedarán en su propiedad dado que el no tuvo parientes en Europa y habiéndolo cuidado tan bien –como él mismo me lo dijo– queda Ud. recompensada por este leal y atento servicio. Ha tenido usted el privilegio de haber tenido en su casa a un hombre que con su obra, cambiará la historia de América, ¡ahh!...su nombre no era Paolo Rossi, sino Juan Pablo Viscardo y Guzmán. 

                                                F I N 

 

 

 

                                                EPILOGO 

 

          En su despacho de Great Cumberland Palace, se encontraban reunidos Francisco de Miranda y Rufus King y en medio de ellos, en una gran mesa, una gran cantidad de documentos. 

—General, lo he mandado llamar porque quiero contarle la vida de un verdadero prócer de la independencia americana: Juan Pablo Viscardo y Guzmán—  así inició Rufus King un apasionante relato de la vida y obra de Juan Pablo.  

           A medida que el embajador avanzaba su relato, Miranda mostraba un interés cada vez más creciente. Cuando hubo terminado,  Miranda empieza a examinar los documentos de Juan Pablo y exclama: 

—¡Esto es lo que yo necesitaba para que mis oficiales y colaboradores tomaran conciencia de lo que significa la liberación de América!. No solamente haré circular estos escritos entre mis colaboradores si no que los haré llegar a todos los rincones de la América española. 

          Algunas semanas después de haber leído los documentos de Juan Pablo, Miranda decide que la Carta a los Españoles Americanos  es digna de alcance mundial por su profundidad y se compromete a difundirla de inmediato. 

          En 1799, la Carta a los Españoles Americanos apareció en Londres escrita en francés. 

          Años después, en 1806, cuando Miranda, a la cabeza de una pequeña expedición desembarca en Venezuela, distribuyó la Carta entre la población más inmediata. De esta manera empezaba a hacerse realidad el sueño de Juan Pablo, utopía aún inacabada de integración y libertad para todos los pueblos de la América española. 

                                       

                                      Junio de 2006  

 


 

   APENDICE

 

          Esta es la correspondencia generada entre Carlos III de España y el Papa Clemente XIII como consecuencia de la siguiente carta en la que el  Rey de España da cuenta de su drástica medida (La expulsión de los jesuitas) 

 

  Santísimo Padre: No ignora Vuestra Santidad que la principal obligación de un soberano es vivir velando sobre la conservación y tranquilidad de su Estado, decoro y paz interior de sus vasallos. Para cumplir yo, pues, con ella, me he visto en la urgente necesidad de resolver la pronta expulsión  de todos mis reinos y dominios de todos los jesuitas que se hallaban en ellos establecidos y enviarlos al Estado de la Iglesia bajo la inmediata, sabia y santa dirección de Vuestra Santidad, dignísimo Padre y maestro de todos los fieles 

          Caería en la inconsideración de gravar la Cámara Apostólica, obligándola a consumirse para el mantenimiento de los padres jesuitas que tuvieron la suerte de nacer vasallos míos, si no hubiese dado, conforme lo he hecho, previa disposición para que se dé a cada uno para su vida la consignación suficiente. En este supuesto, ruego a Vuestra Santidad que mire esta mi resolución sencillamente como una indispensable providencia económica, tomada con previo y maduro examen y profundísima meditación que, haciéndome Vuestra Santidad justicia, echará sin duda (como se lo suplico) sobre ella y sobre todas las acciones dirigidas del mismo modo, al mayor honor y Gloria de Dios, su santa y apostólica bendición.-  Carlos. 

 

          Se dijo, en los círculos del gobierno, que no se esperaba que Clemente XIII contestase, lo cual hizo el 16 de abril y bajo el modo de Breve (menos solemne que una Bula). 

          He aquí los principales pasajes de esta respuesta. 

 

          Entre todos los dolores e infortunios que se han derramado sobre nosotros en estos nueve infelicísimos años de pontificado, el más sensible para nuestro paternal corazón es, ciertamente, el que nos anuncia la última carta de Vuestra Majestad, en la cual nos hace saber la resolución tomada  de desterrar de sus dilatados reinos y Estados a los religiosos  de la Compañía.......................... 

          ¿También vos, hijo mío ? ¿El rey católico Carlos III, que nos es tan amado, viene ahora a colmar el cáliz de nuestras aflicciones, a sumergir nuestra vejez  en un mar de lágrimas y derribarla al sepulcro? .......................................................... 

          ¿El religiosísimo, el piadosísimo rey de las Españas es por fin aquel que debiendo emplear su brazo poderoso que le ha dado Dios para proteger y ensanchar su culto, el honor de la Santa Iglesia y la salvación de las almas, le presta por el contrario a los enemigos de Dios y la Iglesia  para arrancar de raíz un instituto tan útil y tan adicto a la misma Iglesia?........................................... 

          ¡Señor!  ¡He aquí  que nos hallamos a la vista de un tan gran desastre, exhaustos de fuerzas!  Pero lo que nos penetra más profundamente, es el considerar que  el sabio, el clementísimo Carlos III, cuya conciencia es tan delicada y tan puras sus intenciones, que temía comprometer su salvación eterna permitiendo el menor daño al más ínfimo de sus vasallos, ahora, sin examinar su causa, sin guardar las formas de las leyes para la seguridad de lo perteneciente a todo ciudadano, sin tomarles declaración sin oírles, sin darle tiempo para defenderse privándoles de su reputación, de la patria, y de los bienes q1ue tenían, cuya posesión  no es menos legítima que la adquisición. Este, señor, es un procedimiento prematuro.  

                   Por  lo que Nos toca, aunque confesamos un dolor inexplicable por este suceso, confesamos que tememos y temblamos por la salvación del alma de Vuestra Majestad, que tanto amamos. 

          Dice Vuestra Majestad que se ha visto obligado a tomar esta resolución por la necesidad de mantener la paz y tranquilidad en sus Estados. ¿Vuestra Majestad  acaso pretende hacernos creer que algunas turbulencias acaecidas en el gobierno de sus pueblos, han sido movidas o fomentadas por por algunos individuos de la Compañía?. Cuando esto fuese, ¿por qué no castigar  a los culpados sin hacer caer la pena también sobre los inocentes? 

          Nos, señor, juntamos a aquellos nuestros ruegos especiales y los de la  Santa Iglesia Romana  por lo tanto, rogamos a Vuestra Majestad, en el dulce nombre de Jesús y por la Bienaventurada Virgen María,  le rogamos por nuestra vejez, quiera ceder y dignarse revocar  o por lo menos suspender  la ejecución  de tan  suprema resolución. Háganse discutir  en tela de juicio los motivos y causas; dése lugar a la justicia y verdad óiganse los consejos y amonestaciones de los príncipes de Israel, obispos y religiosos 

          Estamos seguros de que Vuestra majestad vendrá fácilmente a conocer que la ruina de todo el cuerpo no es justa ni proporcionada a la culpa (si es que la hay) de un corto número de particulares. 

 

          El dos de mayo de 1767, Carlos III, asesorado por su Consejo y al tenor de la minuta preparada por este, responde en estos términos. 

 

          Beatísimo Padre: Mi corazón se ha llenado de amargura y de dolor  al leer la carta de Vuestra  

Santidad, en respuesta a mi aviso de la expulsión  

de mis dominios, mandada a ejecutar en los regulares de la Compañía. ¿Qué hijo no se enternece al ver sumergido en las lágrimas de la aflicción al padre que ama y respeta? Yo amo la persona de Vuestra Santidad  por  sus virtudes ejemplares; yo venero en ella al vicario de Jesucristo; considere, pues, Vuestra Santidad hasta dónde me habrá penetrado su aflicción. Ha permitido la divina voluntad que nunca haya perdido de vista en este asunto la rigurosa cuenta que debo darle algún día del gobierno de mis pueblos. 

          Quede pues, tranquilo Vuestra Santidad, sobre este objeto, ya que parece ser el que más le afecta y dígnese animarme de contínuo con su paternal afecto y apostólica bendición. El Señor conserve la persona de Vuestra Santidad para el bueno y próspero gobierno de la Iglesia universal. 

           

                   Aranjuez, 2 de Mayo de 1767.  

Ver el Apéndice, al final de este libro.

JUAN FERNANDO GAMERO MEDINA  


JUAN PABLO VISCARDO Y  GUZMAN

Una vida no contada 

 

 

 

 

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