Hermosa Villa de Pampacolca Villa of Pampacolca view from Espiritu Santo

Libros: “LA CULTURA ANTIMPAMPA” “DISEÑO GRÁFICO ARCAICO”

 

Subtítulo: Arqueología Milenaria de Pampacolca      Testamento Histórico de Antimpampa, Perú en el sur Andino del Perú

Publicación:        Febrero 8, 2013                                                  Julio 31, 2014 

 

Maucallacta

 

Antimpampa:  

Un paso hacia lo más antiguo 

En ciertas tardes, como la de hoy, vienen a mi mente nostalgias del ayer.  Aquí comparto una.  

Años atrás publiqué en el diario Expreso de Lima una nota sobre el Bosque del Olivar de San Isidro donde en ese entonces yo vivía. Decía así.

Lunes 7 de febrero de 2011

 

El Bosque

 

Las enfermedades del siglo. Así las adjetivó el Washington Post en una exquisita separata que señalaba que el estrés y la depresión, cada una por su lado y a veces juntas, aquejan a la población urbana de los Estados Unidos. Conjeturo que la proporción es la misma para los habitantes no rurales de todos lados, comenzando por Lima. 

 

Consecuencia del hacinamiento de las gentes en ciudades congestionadas y contaminadas, con un ritmo de vida que las priva del natural sosiego que necesitamos los humanos para compensar nuestros esfuerzos; donde el cine, la televisión, el Internet, las polladas, los atosigantes trotes veraniegos hacia las playas, los salsódromos, las peñas, no son siquiera un remedo del solaz buscado, sino todo lo contrario, un ingrediente más para aturdirnos. 

 

Hay, sin embargo, ciertos lugares, pocos pero los hay, enclavados en el corazón de algunas partes de Lima, que sí guardan cercana semejanza al ámbito rural. Uno de ellos es El Bosque del Olivar en San Isidro. 

 

Sus centenarios olivos esculpen en sus contorneados troncos caprichosas formas que compiten en armonía con las esculturas de Marina Núñez del Prado a los que circundan con recelo al no haberles reconocido paternidad. Los ceibos panzones y espinados, por su lado, empiezan a colorearse hasta que cansados de brillar dejan caer sus flores alfombrando de rosa aceras y jardines. 

 

Entre los recovecos que hacen los olivos en sus bases habitan las ardillas, son pocas pero ahí están. También hay unas salamandras, pequeñitas y translúcidas, con patas que terminan en abocinadas ventosas que les sirven para trepar por donde gusten, son las vigías del bosque. 

 

Cuculíes que zurean al amanecer en compañía de pichones de pico rojo; al medio día picaflores que visitan flores para sumir su néctar sin perturbar su sueño, también aparecen ocasionales petirrojos inflamados de color; al atardecer llegan bandadas de verdes pericos que con su estridente chirrido presagian el ocaso que por veces tiñe de carmesí las nubes de al fondo. En la noche cantan grillos, salen las libélulas y se oye el croar de uno que otro sapo. Sí, así es El Bosque. 

 

Caminar por el Paseo que lleva el nombre de Constancio Bollar - ese cariñoso vasco pasionista que además de difundir su mensaje pastoral fue apegado amigo de este parque - es en sí todo un lance de frescura. Aventurarse por los angostos senderos interiores y llegar a la poza central al lado de la biblioteca. Soltar unas migas y ver arremolinarse a los peces multicolores, ¿sabrán de uno? Sentarse en sus bancas de listones verdes y mirar, mirar y mirar, y respirar hondo, alzar la vista y ver el cielo, pensar en lo que se quiera, será un buen pensar, el entorno lo aviva. 

 

Salir a circundar el parque, ver las variadas enredaderas que se entregan por doquier. Predominan la vistosa madre selva y el perfumado jazmín, pero las hay otras, como en la plazoleta triangular entre la calle Casimiro Cisneros y Prolongación Arenales; allí se esconde una glorieta abrumada por una buganvilla de flores blancas. Sentarse en sus banquitas de estilo antiguo, las de pie de hierro y asiento de tablones, permite adentrarse como por un ombligo a los tiempos y vivires que a uno más le plazcan.  

 

Temprano, nada pasa allí, en su banca uno se siente solo para sí, para soñar, fantasear y regocijarse por dentro. El otro día fui a fotografiarla, pero me dije, no, no lo hagas, es una glorieta anciana y privada que guarda secretos que no tienes por qué exhibir. Mejor déjala ahí, sola y escondida, para que siga en su silencio cobijando a soñadores como tú. 

 

Y cuando muy temprano de mañana surcan el parque monjitas de hábito blanco y toca negra que en grupos de a tres van leyendo el misal camino al templo. Parecen salidas de la nada y rumbo al cielo. También algún anciano que se ha adelantado al amanecer para disfrutarlo desde su banca de siempre. 

 

Son estos espacios con sus andares los que nos hacen ver que las cosas lindas de la vida están más a la mano de lo que uno cree, que se puede andar contento si uno se afana para hacerlo, y que todavía hay sitios donde encontrar una bella terapia para estos males del siglo. 

 

 

Al poco tiempo me llegó un correo anónimo que haciendo referencia a mi articulo entregaba sus propios pensares, lo que me llevó a preparar otra nota comentando esta grácil ocurrencia. Así me expresé. 

 

poetas  desolados 

 

“No me muero por ti porque ya he muerto muchas muertes. Tampoco vivo para ti porque no quiero darte una tarea que te vaya a abrumar, basta con las que tienes. Vivo por ti, porque me has regalado un pedazo de vida que me levanta y aviva y eso ya no es tuyo, sino todo de mí”. 

 

 “Me dices que estarás conmigo por todo un mes. Ve tú cómo haces, tú sabes de esas cosas, yo estoy en el acá de siempre, engastada a este nuevo amanecer que ilumina mi trance al encuentro con el ocaso de los tiempos, de mis tiempos. Aquí no hay meses, el reloj de mis cosas hace rato que paró, mi discurrir ya no lo mido con manijas ni calendarios, lo envuelvo en esperanzas que en las tardes nubladas como la de hoy temo me arrastre, una vez más, hacia otro rutinario despertar.” 

 

Estrofas plenas de cavilaciones que me colman de asombro al recibirlas por correo de manera anónima. No cabe duda que se trata de una poetisa y parece que de las buenas. En un acápite dice: “fui a visitar la glorieta que usted describe... no es bella como la ilumina en su artículo pero por cierto es una glorieta que inspira, lo ha hecho conmigo.”  

 

Conjeturo que son sentires difundidos que se disipan por falta de espacios para hacerlo. No cabe duda que no es mensaje para nadie, no tiene destinatario, no es sino una manera para expresarse y le ha parecido que mi columna en el Expreso pudiera ser medio para difundirlo entre muchos. Es el resplandor de una amplia llama encendida y melancólica que rebasa los espacios que tenemos en los diarios. 

 

¿Cuántos habrá así? ¿Cuantos que se desviven deparando en forma anónima sus secretos y sus andares y van por ahí a pie errante en busca de espacios para confiar sus escondites y sus intimidades y con ellos sus anhelos y pesares? 

 

Ay de ellos, me decía un amigo persa con quien hice amistad en los Estados Unidos, ay de ellos, declamaba, ay de todos los que hablan sin tener quien los escuche, ay de los sonidos sin eco, ay de los que se quedan mudos pudiendo hablar, ay de las gentes que se la pasan gritando sin tener qué decir; pobres los que escriben en sus diarios privados lo que no pueden o saben compartir... ay de los silencios eternos... de las flores secas. 

 

Me viene a la memoria mi remoto desdén por las flores en jarrones. No les puedo hallar belleza, las han mutilado y sé que se están muriendo, les cambian de agua como sábanas a un enfermo, huelen a agonía, me traen recuerdos de velorios en mi temprana infancia. Las aprecio en macetas que las mantienen vivas, pero aún así, están cautivas, por eso las prefiero en el campo abierto donde proliferan a sus anchas y se contornean con el viento como estrellas venidas del cielo a lucirse ante nosotros. 

 

Suplementos culturales, ferias del libro, sí, sitios hay para que los poetas en ciernes hallen espacio donde entregar sus quimeras y sus anhelos, también donde confesar sus lamentos, pero me parece que deberían haber más y bien abiertos, con declamadores divulgando los sueños de algún poeta escondido. El parque de Miraflores, franco a la pintura, pudiera también cobijar a los tantos que envueltos en poesía no saben donde rendirla.  

 

Y pensándolo hoy, acudo a Raúl Cantella, nuevo alcalde de San Isidro, a que viendo la glorieta pueda entenderla y convocar ahí a poetas desolados que nos quieran cantar sus sentires. 

 

Felipe de Lucio  

1998 

 

 

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