Hermosa Villa de Pampacolca Villa of Pampacolca view from Espiritu Santo

Libros: “LA CULTURA ANTIMPAMPA” “DISEÑO GRÁFICO ARCAICO”

 

Subtítulo: Arqueología Milenaria de Pampacolca      Testamento Histórico de Antimpampa, Perú en el sur Andino del Perú

Publicación:        Febrero 8, 2013                                                  Julio 31, 2014 

 

Maucallacta

 

Antimpampa:  

Un paso hacia lo más antiguo 

 
 
 

ASCENCION AL COROPUNA

“INCA LAND”

(Libro original en inglés)

 

Por Hiram Bingham

1,922

 

“TIERRA INCA”

(Traducido por Jesús Cabrera Zegarra)

Mayo 2,009

 

 

 

“Algo está escondido Anda y encuéntralo.

Anda y mira detrás de las Montañas –

Algo está perdido detrás de las Montañas.

Perdido y esperándote. Anda”

Kipling: “El Explorador”

 

Derechos de Autor, 1912, 1913 y 1914, por Harper y Brothers

Derechos de Autor, 1913, 1915, y 1916, por National Geographic Society

Derechos de Autor, 1922, por Hiram Bingham

Todos los Derechos Reservados

The Riverside Press

Cambridge. Massachusetts

Printed in the United States

 

 

Este volumen es afeccionadamente dedicado

a

la abnegada quien me inspiró esto

la pequeña madre de siete hijos

 

 

 

“Algo está escondido Anda y encuéntralo. Anda y mira detrás de las Montañas –

Algo perdido detrás de las Montañas. Perdido y esperándote. Anda”

Kipling: “El Explorador”

 

PREFACIO

Las siguientes páginas representan algo del resultado de cuatro viajes al interior del Perú y también sobre las muchas exploraciones dentro del laberinto de anteriores escritos los cuales tratan sobre los Incas y sus tierras. Aunque mis viajes cubrieron solamente una parte del Sur Peruano, ellos me llevaron dentro de una variedad de climas y me forzaron a acampar en casi todas las altitudes en el Hemisferio Occidental donde el hombre ha construido casas o levantado carpas.

Las cuatro expediciones al Perú de la Universidad de Yale y de la National Geographic Society fueron durante los años 1909, 1911, 1912, y 1915.

Mis compañeros de viaje en 1911 fueron el Dr. Isaiah Bowman, el Profesor Harry Ward Foote, el Dr. William G Erving, y los señores Kai Hendriksen, H.L. Tucker, y Paul B. Lanius.

Para ellos, mis camaradas de aventura que nunca estuvieron libres de inconfortabilidad y riesgo, deseo reconocer mi más profundo reconocimiento. En las siguientes páginas algunas veces su trabajo será reconocido; en otras veces ellos se preguntaran porque fueron omitidos. Tal vez en otro volumen que está en preparación y en el que espero cubrir particularmente mas sobre Machu Picchu y sus alrededores, ellos eventualmente encontraran más sobre lo que no se ha podido decir ahora.

Mi sincero agradecimiento es debido al Sr. Edward S. Harkenss por ofrecerme su generosa asistencia cuando la ayuda económica fue difícil de asegurar; al Sr. Gilbert Grosvenor de la National Geographic Society por su liberal y entusiasmado apoyo; al Presidente Taft de los Estados Unidos y al Presidente Leguía del Perú por su importante ayuda oficial; y a todos los que hicieron posible la publicación de este libro.

Hiram Bingham

Yale University

Octubre 1, 1922

 

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Mapa del Sur Peruano

 

 

CONTENIDOS

 

Capítulo I. Cruzando el Desierto

Capítulo II. Ascensión al Coropuna

Capítulo III. Hacia Parinacochas (incompleto)

 

 

ILUSTRACIONES

 

Segunda cobertura del libro original en inglés “Inca Land” por Hiram Bingham.

“! Algo está escondido Anda y encuéntralo. Anda y miras detrás de las Montañas – Algo perdido detrás de las Montañas. Perdido y esperándote. Anda!” Pieza Frontal

Segunda cobertura del libro original en inglés “Inca Land” por Hiram Bingham.

Mapa del Sur Peruano.

Hiram Bingham (el ultimo) dirige la expedición hacia el nevado Coropuna, visible en la distancia.

Coropuna apenas visible a lo lejos del Gran Valle de Majes.

El nevado Coropuna desde el Sur.

Coropuna, tomado desde un punto 22 millas al sur de la montaña.

El Campamento Base, Coropuna, a 17,300 pies. Fotografía por Herman L. Tucker.

Acampando a 18,450 pies en las faldas del Coropuna. Fotografía por Herman L. Tucker.

Listos para dejar el Campamento Base en la marcha hacia la cima.

Uno de los frecuentes descansos en el Ascenso del Coropuna. Fotografía por Herman L. Tucker.

Descansando en el camino al Campamento No. 4

El campamento en la cima del Coropuna. Fotografía por Herman L. Tucker.

La bandera en la cima del Coropuna, 21,703 pies sobre el nivel del mar.

Alejandro Coello, Cabo Gamarra, y Hiram Bingham (izquierda a derecha.) parados en la cima del Coropuna.

La Cima del Coropuna. De izquierda a derecha: Cabo Gamarra, Señor Tucker, Dr. Bingham.

El nevado Coropuna desde el Noroeste.

El Subprefecto de Cotahuasi, su edecán militar, y los Señores. Tucker, Hendriksen, Bowman, and Hiram Bingham inspeccionando la fábrica de alfombras. Fotografía por H. L. Tucker

 

TIERRA INCA

***

CAPITULO I

 

CRUZANDO EL DESIERTO

Un buen amigo en Bolivia una vez puso en mis manos una copia del más importante libro de E. George Squier, titulado “Perú. Viaje y Exploración en la tierra de los Incas.” Ese volumen es una maravillosa muestra del valle de Apurímac. En su parte frontal hay un delicado puente colgante que comienza en un túnel en el filo de un precipicio y que cuelga en lo alto sobre las turbulentas aguas del “gran hablador” (rio Apurímac). En la distancia, coronando una masa de estupendas montañas, hay un magnificente pico cubierto de nieve. El deseo de ver el Apurímac y de experimentar la emoción de cruzar aquel puente colgante decidió en mi favor para viajar a Lima.

Como resultado fui al Cuzco, la antigua capital del enigmático imperio de los Incas, y fue allí donde fui instigado por las autoridades peruanas a visitar algunos de las ruinas Incaicas recientemente redescubiertas. Como los leedores de “Cruzando Sud América” recordarán, esas ruinas fueron las de Choqquequirau, un lugar interesante en la cúspide de un cerro montañoso miles de pies arriba de los torrentes del gran Apurímac. Había algunas dudas sobre quien vivió allí originalmente. El Prefecto insistió que las ruinas representaban la residencia de Manco Inca y sus hijos, quienes buscaron refugio de Pizarro y los conquistadores Españoles en los Andes entre los ríos Apurímac y Urubamba.

Mientras el Sr. Clarence L. Hay y yo estuvimos en las faldas de Choqquequirau las nubes ocasionalmente se despejaban y nos daban oportunidad para dar unos vistazos de las montañas cubiertas de nieve. Parecía haber allí una región desconocida, “Detrás de las Montañas,” las cuales podrían contener grandes posibilidades. Nuestros guías nada pudieron decir sobre esto. Poco era por encontrarse en los libros. Tal vez la capital de Manco estaba escondida allí. Por muchos meses después la fascinación por lo desconocido captó mis pensamientos hacia Choqquequirau y otros. En las palabras del explorador Kipling:

“….. una voz, tan mala como la Conciencia, timbraba por cambios interminables en un siempre duradero chismoseo que día y noche repetía – entonces: “Algo escondido. Anda y encuéntralo. Anda y mira detrás de las montañas – Algo está escondido detrás de las montañas. Perdidos y esperándote. Anda!’

Para añadir mí tumulto, durante el siguiente verano leí en el libro “Titicaca and Koati” por Bandelier que recientemente había aparecido. En una de sus interesantes notas de pie de página hubo esta sorprendente observación: “Es mucho de desear que la altura del pico más prominente de la cordillera occidental del Perú sea determinada exactamente. Este es con toda probabilidad… aquel Coropuna, en la cordillera occidental peruana en el Departamento de Arequipa, es el punto culminante del continente. Este excede 23,000 pies de altura, aunque Aconcagua [concedido de ser el pico más alto en el Hemisferio Oeste] es 22,763 pies (6,940 metros) encima del nivel del mar.” Sus estimaciones fueron basadas en un levantamiento topográfico por ingenieros civiles de los Ferrocarriles del Sur del Perú, usando una sección del ferrocarril como base. Mis sensaciones cuando leí esto son muy difíciles de describir. Aunque estuve estudiando la historia y geografía de América del Sur por más de diez años, nunca recuerdo haber escuchado sobre Coropuna. En la mayoría de mapas este no existía. Afortunadamente, en uno de los mapas a escala grande del Perú por Raimondi, finalmente encontré “Coropuna – 6,949 m.” – ¡9 metros más alto que el Aconcagua! – Un ciento de millas al noroeste de Arequipa, cerca del Meridiano 73 Oeste de Greenwich.

Mirando arriba y abajo el Meridiano 73 como cruzaba el Perú desde la selva del Amazonas hacia el Océano Pacifico, observé que este pasaba muy cerca de Choqquequirau, y actualmente atravesaba esas mismas tierras “detrás de las Montañas” las cuales me tenían fascinado. La coincidencia fue intrigante. El deseo de ir y encontrar aquello “algo escondido” fue muy reforzada por la tentación de ir y ver si el Coropuna realmente era la montaña más alta de América. Entonces siguió la organización de la expedición cuyo objetivo fue el reconocimiento geográfico del Perú a lo largo del Meridiano 73, desde la cabecera navegable en canoa del Urubamba hasta las olas del Pacifico. Logramos más de lo que esperamos.

Nuestro éxito fue debido en gran parte a nuestras “cajas de unidad de comida,” un dispositivo que contenía una ración balanceada que el Profesor Harry W. Foote había cooperado conmigo en ensamblar. El objetivo de nuestra idea fue de facilitar el aprovisionamiento para pequeños grupos de campo en una sola caja todo lo que dos hombres necesitarían como provisión para un determinado tiempo. Estas cajas dieron tal satisfacción general, no solamente para los mismos exploradores, sino para los preparadores que tenían la responsabilidad de mantenerlos en buena condición, que unas cuantas palabras acerca de este elemento de nuestro equipo no pueden ser mal venidos.

La mejor caja de unidad de comida provee una ración balanceada para dos hombres durante ocho días, desayuno y sopas apetitosas, comida cocinada, y ligero almuerzo no cocinado. No fue la intensión de que los hombres debieran depender enteramente de las cajas de comida, pero que deberían de variar sus dietas lo mas posiblemente con cualquier cosa que el lugar les pudiera ofrecer, lo cual frecuentemente en el sur del Perú significa papas, maíz, huevos, cecina, y pan. Contrariamente cada caja de comida contenía carne de chancho rallado, carne desmenuzada con maíz, carne a la parrilla, pollo, salmón, avena molida, leche, queso, café, azúcar, arroz, pan de la armada, sal, chocolates dulces, jamones variados, frutas y verduras secas. Viendo que el jamón, las frutas secas, sopas, y verduras secas fueron bien variados, una suficiente variedad fue procurada sin destruir el carácter balanceado de la ración. En cuenta de la gran dificultad de transporte en los Andes sureños teníamos que eliminar las comidas que contenían bastante contenido de agua, como las peras Francesas, las arvejas horneadas, y las conservas enlatadas de fruta, por más deliciosas y antojadizas que fueran.

En Junio de 1911 llegamos a Arequipa, la base propuesta para nuestra campaña hacia el Coropuna. Nos enteramos que el “invierno” Peruano alcanzaba su fuerza en Julio o Agosto, y que sería una locura intentar subir al Coropuna durante las nevadas del invierno. Por otro lado, los “meses de verano,” comenzando en Noviembre, son nublados y mas ciertamente añaden neblina y humedad a las dificultades de subir a una nueva montaña. Más aun, Junio y Julio son los mejores meses para explorar los flancos orientales de los Andes in el alto Amazonas, las tierras “detrás de las Montañas.” Aunque la montaña, o selva, raramente es seca, hay menos lluvia que durante los otros meses del año; por lo que decidimos ir primero al Valle de Urubamba. La historia de nuestros descubrimientos allí, de la identificación de Uiticos, la capital de los últimos Incas, y el encuentro de Machu Picchu pueden ser encontrados en posteriores capítulos. En Setiembre retorné a Arequipa y comencé la campaña hacia el Coropuna con el intento de conseguir un adecuado medio de transporte para cruzar el desierto.

Como todo el mundo sabe, Arequipa es casa de la estación del Observatorio Harvard, pero Arequipa también es famosa por su cantidad de mulas. Desafortunadamente, un “gremio de mulas” fue recientemente formado – por demás decirlo, por un Americano - y encontré dificultades para hacer algún arreglo satisfactorio. Después de dos semanas de búsqueda, los hermanos Tejada aparecieron, dos arrieros, o muleteros quienes parecieron deseosos de escuchar nuestras propuestas. Les ofrecimos un mil soles (quinientos dólares de oro) si ellos podrían suministrar una recua de once mulas por dos meses e ir con nosotros a donde eligiésemos ir, Acordamos en no viajar más del promedio de siete leguas ¹ por día. Esto suena suficientemente simple pero tomó interminables argumentos y persuasión de parte de nuestros amigos en Arequipa para convencer esos valiosos arrieros de que nunca estarían eternamente arruinados por esta oferta. El problema fue que ellos eran dueños de las mulas, que sabían del gran riesgo de cruzar el desierto que hay entre nosotros y el Nevado Coropuna, y el temor de viajar por caminos desconocidos. Como la mayoría de muleteros, ellos se asustaban de un territorio no familiar. Ellos magnificaban la imaginación de que los demonios del camino los llevarían a un lugar inconcebible. El argumento que finalmente los convenció para aceptar el presente contrato fue nuestra promesa de que después de la primera semana de viaje el cargamento seria mucho menor de tal forma de que al menos dos mulas podrán estar siempre sin carga. Los hermanos Tejada se dieron cuenta muy bien de que las mulas están propensas a tener dolor de espalda y llagas, con respecto a mi promesa en luz del factor de seguridad. Mulas con heridas no tendrían que cargar cargamento.

¹ Una legua, generalmente es cerca de 3⅓ de milla, es realmente es la distancia que en promedio una mula puede caminar en una hora.

Todo estuvo listo hacia fines de mes. El Sr. H. L. Tucker, un miembro de la Expedición al Monte McKinley del Profesor H. C. Parker en 1910 y completamente familiar con todos los detalles sobre escalamiento sobre nieve y hielo a quien le pedí que sea el responsable de asegurar el equipo adecuado, ahora fue confiado el planeamiento y dirección de la actual ascensión al Coropuna. Cualquier logro conseguido en la montaña fue debido principalmente a las habilidades y visión del Sr. Tucker. No teníamos guías Suizos, y originalmente teníamos previsto pedir a otros dos miembros de la Expedición que se unan a nosotros para escalar. Como quiera, las exigencias de hacer una sección geológica y topográfica transversal a lo largo del Meridiano 73 a través de una región prácticamente desconocida y a través de uno de los pasos más alto de los Andes (17,633 pies), había demorado al grupo topográfico en tal extremo de que fue para ellos imposible alcanzar el Coropuna antes del primero de Noviembre. En consideración de la cercanía de la temporada de nubes pareció no sensato esperar por su colaboración. Consecuentemente, en Arequipa conseguí los servicios del Sr. Casimir Watkins, un naturalista Inglés, y del Sr. F. Hinkley, del Observatorio Harvard, quien en dos oportunidades había escalado el Misti (19,120 pies) y que debería de acompañarnos hasta la cima, mientras que el Sr. Watkins, quien recientemente se había recuperado de una severa enfermedad, se haría cargo del Campamento Base.

El Prefecto de Arequipa obligadamente nos ofreció un escolta militar en la persona del Cabo Gamarra, un indio de pura sangre, quien conocía el país. Como miembro de la gendarmería montada, previamente algunos meses atrás Gamarra había sido destacado en la capital provincial de Cotahuasi. Un día un motín revolucionario de borrachos revoltosos atacaron los edificios del gobierno mientras él se encontraba de guardia. Gamarra mantuvo su posición y cuando ellos intentaron pasar a la fuerza disparó al jefe de la turba. La movilización se disolvió. El prefecto agradecido lo ascendió a Cabo y, dándose cuenta de que su vida ya no estaba segura en ese particular pueblo, lo transfirió a Arequipa. Como casi la mayoría de su raza, de alguna manera, el cayo presa fácil del alcohol. No hay duda que cuando el jefe de la policía montada en Arequipa fue ordenado por el prefecto para que nos provea de un escolta para nuestro viaje a través del desierto, estuvo suficientemente contento en asignarnos Gamarra. No se podía poner en duda su coraje aunque sus hábitos posiblemente nos indiquen que era problemático. Lo que pasó es que Gamarra no sabía que nuestro plan era de ir a Cotahuasi. Si lo sabía esto, y de las pruebas ante él en la montaña Coropuna, él probablemente habría rogado no ir – pero estoy anticipando.

El 2 de Octubre, Tucker, Hinkley, Cabo Gamarra y yo dejamos Arequipa; Watkins nos siguió una semana después. La primera etapa de nuestro viaje fue por tren de Arequipa a Vítor, una distancia de 30 millas. Los arrieros enviaron el cargamento también. Además de las cajas de comida llevamos carpas, hachas para hielo, zapatos para nieve, barómetros, termómetros, plancheta, cajas de fibra, cajas de acero, mochilas, y un bote doblado. Nuestra recua supuestamente debería de partir de Arequipa el día anterior. Esperábamos que ellos lleguen a Vítor al mismo tiempo que nosotros, pero eso era mucho de esperar de los arrieros en el primer día de viaje. Por lo que tuvimos que esperarlos todo el día cerca de la primitiva pequeña estación del ferrocarril.

Nos entretuvimos reconociendo los alrededores de las pampas y los médanos, dunas de arena que son muy comunes en el gran desierto costeño.

Cerca de las cinco de la tarde, nuestra mulas, un simpático lote fino – muy superior de las que fuimos capaces de conseguir cerca del Cuzco – cabalgaron agradablemente hacia la polvorienta pequeña plaza. Tomó algo de tiempo en ajustar la carga, y fue cerca de las 7 de la noche que partimos bajo la luz de la luna por los oasis de Vítor. A lo que dejábamos la planicie y encontrarnos ante el camino zigzagueante hacia la oscura quebrada logramos un vistazo de algo blanco reluciendo en el horizonte muy lejos hacia el noroeste; Coropuna! Poco antes de las 9 de la noche llegamos a un pequeño corral, donde las mulas fueron descargadas. Para nosotros encontramos un albergue con un piso empedrado y limpio, donde instalamos nuestras camillas, solo para ser despertados varias veces durante la noche por las caravanas que pasaban ansiosas de evitar el terrible calor del desierto durante el día.

Cuando los oasis están separados por solamente algunas millas, uno generalmente viaja de día, pero cuando cruzar el desierto es cosa de 8 o 10 horas de continuo trotar, sin ningún lugar para descansar, sin agua, sin sombra, la recua de animales sufre grandemente. Consecuentemente, la mayoría de caravanas viajan, lo más que pueden, de noche. Nuestro primer desierto, la pampa de Sihuas, fue reportado como corto, por lo que preferimos cruzar de día y observar todo lo que se puede ver. Nos levantamos a las cuatro y media de la madrugada y salimos antes de las siete. Entonces nuestros problemas comenzaron. Ya sea porque él vivió en Arequipa o porque ellos pensaron ser unos buenos jinetes, o por razones mejor conocidas por ellos mismos. Los hermanos Tejada le dieron al Sr. Hinckley una mula asustadiza. La primera cosa que me entere fue que su jinete, quien cargaba una pesada cámara, un paquete para fijar placas, y un barómetro de mercurio bien grande, prestado del Observatorio Harvard fue tirado de cabeza hacia la arena. Afortunadamente no daño fue ocasionado, y luego de un perseguimiento la mula arisca fue traída de vuelta por el Cabo Gamarra. Después que el Sr. Hinckley fue remontado en su peligrosa mula avanzamos en paz por algún tiempo, entre campos de maíz, de uva, sobre caminos bordeados de sauces y frutales.

Hiram Bingham (lejos a la izquierda) dirige la Expedición

Hacia el Nevado Coropuna, visible en la distancia.

 

Una continua subida por tres cuartos de hora nos llevo al lindero norte del valle. Aquí de nuevo miramos la masa nevada del Coropuna, reluciendo con los rayos del sol, alejado setenticinco millas hacia el noroeste. Este paisaje no duro mucho ya que en menos de tres minutos tuvimos que descender hacia otro cañón. Cruzamos éste y trepamos hacia la pampa de Sihuas. Había poco que nos interesaba, pero en la distancia estaba el Coropuna, justamente comencé a estudiar el problema de las posibles rutas para escalar el más alto pico cuando la mula del Sr. Hinckley corcoveó cruzando el camino directamente delante de mí, pateo sus patas al aire, y de nuevo lo arrojo sin control sobre la arena, barómetro, cámara, placas y todo. Con mala suerte esta vez su pie se engancho en el estribo, aun conteniendo su rienda, fue arrastrado por algún trecho hasta que se desengancho. Mal parado trato de contener su mula que pretendía escapar, cuando con una violenta patada se libero de él y lo tiro inconscientemente. Inmediatamente instalamos nuestro carpa “Mummery” en el caliente, arenoso piso del desierto y le brindamos los primeros auxilios al desafortunado astrónomo. Encontramos que el filo herraje nuevo de la mula le había reventado una vena en la pierna del Sr. Hinckley. El corte no fue peligroso, pero muy profundo para tener éxito durante un escalamiento de montaña. Con la ayuda de Gamarra, el Sr. Hinckley pudo llegar esa noche a Arequipa, pero su alejamiento forzado no solamente destruyo sus esperanzas de ascender al Coropuna, sino que nos hizo preocupar sobre cómo íbamos a tener los tres hombres necesarios en la cuerda cuando lleguemos al glacial. Para estar seguros, había el Cabo – ¿pero éste iría? A los indios no les gustan las montañas de nieve. Guardando de nuevo la carpa reanudamos nuestro curso sobre el desierto.

El valle de Sihuas, otro hermoso jardín en el fondo de un gran cañón, fue alcanzado alrededor de las cuatro de la tarde. Deberíamos de acampar en la intemperie con los arrieros si no fue por el padre de la parroquia que nos invito a descansar en la sombra frígida de su parral. Muy graciosamente nos invito pasteles y vino dulce natural, y nos pidió que nos quedemos todo el tiempo que queramos. El desierto de Majes que ahora descansa en nuestro delante, es posiblemente el más amplio, caliente y desértico de la región. Nuestros arrieros no deseaban de atravesarlo durante el día. Dijeron que había 45 millas entre agua y agua. El siguiente día gozamos de la hospitalidad de nuestro amable alojador hasta después de la comida.

Esa noche ensillamos bajo la luz de la luna, Muy despacio trepamos la cuesta del valle, para pasar la noche continuamente cabalgando horas y horas, a través del desierto, y a la salida del sol encontrarnos en medio de enormes dunas de arena – el resultado de cientos de médanos soplados a lo ancho de la pampa de Majes y depositados a lo largo del borde del valle. Nos tomó 3 horas para bajar lentamente desde el nivel del desierto hasta un punto donde se pueda ver el gran cañón, una milla de profundidad y dos millas de ancho. Sus paredes laterales son de rocas y areniscas de variados colores. El fondo es un oasis verde brillante por el cual discurre el torrentoso Rio Majes, tan profundo aun para ser cruzado en la época de sequia.

Coropuna apenas visible a lo lejos del Gran Valle de Majes

A las 8 de la mañana a lo que nos preguntábamos que más tiempo tomaría para llegar al fondo del valle y tomar desayuno, descubrimos en el lugar llamado Pitas, una gigante piedra volcánica cubierta con pictografía rudimentaria. Reconocimiento posterior reveló cerca de un centenar de estas piedras, cada una con su cuota de dibujos que los lugareños llaman “rocas jeroglíficas”. Después de tomar algunas fotografías nos alistamos y cruzamos el Rio Majes por un tembloroso puente temporal. Pasamos el día en Corire, una agradable villa pequeña donde fue casi imposible dormir a cuenta de los sancudos y chirimachas.

Al día siguiente tuvimos un corto viaje a lo largo del lado oeste del valle hacia Aplao, la capital de la provincia de Castilla. En 1865, al tiempo que Raimondi lo visitó esta tuvo una mala reputación por la peste. Ahora parece ser más saludable. El Subprefecto de Castilla había sido informado por telegrama sobre nuestra venida, y nos invito a una excelente cena.

Nuestros concienzudos y duros trabajadores arrieros se levantaron a las 2 de la madrugada, porque sabían que sus mulas tendrían en adelante una larga y dura cuesta, desde una elevación de 1,000 pies sobre el nivel del mar hasta los 10,000 pies. Después de todo un día de camino acampamos donde se podía obtener forraje. Ahora habíamos dejado atrás la región con productos tropicales y vuelto a los de papas y cebada. Al siguiente día un corto viaje nos posibilito pasar por otra roca pictográfica, recientemente expuesta por un enérgico buscador de tesoros de Chuquibamba. Este pueblo tiene 3,000 habitantes y es la capital de la provincia de Condesuyos. Este fue el lugar que había seleccionado meses atrás como punto de ataque al Coropuna.

La gente de Chuquibamba fue amigable. Fuimos gentilmente recibidos por el Sr. Benavides, el subprefecto, quien hospitalariamente nos dijo que instalemos nuestras camillas en el gran salón de su propia casa. Aquí recibimos las atenciones del médico Dr. Pastor, y del Director del Colegio Nacional, Profesor Alejandro Coello. Los últimos fueron tan gentiles de ir con nosotros a la Montaña Coropuna. Nos dijeron que había un morro cercano llamado Calvario desde donde podía verse la montaña, y se ofrecieron llevarnos hasta allí. Aceptamos, pensando al mismo tiempo que esto nos mostraría quien estaba más preparado para unirse en el escalamiento, por la necesidad de tener otro hombre en la cuerda. El Profesor Coello fácilmente se distanció de nosotros y ganó el puesto buscado.

 

 

El Señor Tucker en un sendereo

Andino de Caraveli

 

 

La calle principal de

Chuquibamba

 

Desde el morro del Calvario tuvimos una esplendida mirada de aquella nieve blanca solitaria a la cual nos dirigíamos, ahora alejado solamente 25 millas. Parecía claro que el domo truncado del lado oeste, el cual le da el nombre al nevado (koro = “cortado en la cima”; puna = “un frígida y helada altura”), era el más alto punto del nevado, y más alto que todos los picos orientales. Aunque detrás del domo truncado aparece otro pico más al Norte. Tucker se sorprendía si aquel posiblemente pruebe ser el más alto que los picos del oeste que habíamos decido escalar. Nadie sabía sobre el glacial. No había guías nativos para tener. Las más salvajes opiniones fueron expuestas como las mejores rutas y medios para llegar a la cima. Finalmente conseguimos un hombre quien dijo que sabia como llegar al pie del nevado, por lo que lo llamamos “guía” en necesidad de un apropiado cargo. La primavera peruana estuvo ahora bien avanzada y los días eran bonitos y limpios. Pareció, como quiera que hubiera habido una fuerte nevada en el nevado los días anteriores. Si el verano estaba por llegar inusualmente temprano esto nos empujo a no perder tiempo y procedimos a arreglar lo más pronto el equipo de montaña.

Nuestros instrumentos para determinar la altitud consistió de un barómetro mercurial especial para montaña hecho por el Sr. Henry J. Green, de Brooklyn, capaz de registrar solamente presiones de aire como uno posiblemente espera encontrar encima de los 12,000 pies; un hipsómetro prestado por el Departamento de Magnetismo Terrestre de la Institución Carnegie de Washington, con termómetros especialmente hechos para nosotros por Green; un grande barómetro de mercurio, prestado del Observatorio Harvard, el cual no obstante el duro trato por la mula del Sr. Hinckley aun hacia buen servicio; y un psicrómetro. Nuestra más seria necesidad fue un aneroide, en caso de que los frágiles de mercurio se rompiesen. Seis meses con anterioridad había escrito a J. Hicks, el celebrado fabricante de instrumentos de Londres, pidiéndole que me construya, con cuidado especial, dos largos aneroides “Watkins” capaces de registrar altitudes 5,000 pies más altas que el Coropuna supuestamente tenía. Su respuesta nunca me llego, ni alguien en Arequipa supo algo acerca de los barómetros. Aparentemente mi carta se perdió. No fue hasta que abrimos nuestra cajas especialmente ordenadas “escarbador de montaña” aquí en Chuquibamba que lo encontramos, al costado de la comida que había sido empaquetada en Londres por Grace Brothers, los dos preciosos aneroides, hechos con un amplio margen de seguridad, nos dejo satisfechos, que una vez en la cima, deberíamos de saber y tener la oportunidad de que si Bandelier estuvo correcto y si ciertamente este fue el tope de América.

Para medidas exactas dependíamos del Topógrafo Hendriksen, quien debía de triangular el Coropuna en el curso de sus levantamientos a lo largo del Meridiano 73. Mi excusa principal para ir a la cima del nevado fue para erigir una señal topográfica cerca o en la cima la cual Hendriksen podría usarla como una estación topográfica en orden de hacer la triangulación más exacta. Mi objetivo real, que más debo de confesar, fue el de gozar la satisfacción, la cual todos los Alpinistas sienten, de conquistar una “montaña virgen.”

 

TIERRA INCA

***

CAPITULO II

 

ASCENSION AL COROPUNA

 

La planicie desértica encima de Chuquibamba es cerca de 2,500 pies más alta que el pueblo, y fue las 9 de la mañana del 10 de Octubre antes que salimos del valle. En adelante el Coropuna siempre estaba a la vista, y nosotros a lo que nos acercábamos lentamente lo estudiábamos con cuidado. La plataforma tiene una elevación encima de 15,000 pies, aun la montaña se mostró conspicuamente encima de esta. El Coropuna es realmente una cadena de 20 millas de largo. Su gigante cúspide fue cubierta por campos de hielo de extremo a extremo. Muy profunda la nevada fresca descansaba que era casi imposible mirar donde los campos de nevada terminaban y los glaciales comenzaban. Podíamos ver que de los cinco picos bien definidos el del medio probablemente era el más bajo. Los dos siguientes picos más altos están a la derecha, o al Este, final del macizo. El domo truncado culminante del lado Oeste, el cual es suave, con sus lados no erosionados, aparentemente perteneció a un periodo volcánico tardío que el resto de la montaña. Pareciera que es el pico más alto de todos. Parecía no ser muy difícil para alcanzar su cima. Pendientes de roca cubierta corren directamente hasta la nieve. Campos de nieve, sin muchas caídas de roca, parecieran culminar en la montura del gran domo de hielo. La pendiente este del domo mismo ofrecía un sólido y sin fracturas camino empinado hacia la cima. Si pudiésemos de una vez alcanzar la línea de hielo, parecía como si tal vez, con la ayuda de zapatos con puyas de fierro o con lampas para nieve podríamos escalar la montaña sin mucho problema serio.

Entre nosotros y la primera pendiente cubierta de hielo, como quiera, descansan más de 20 millas de desierto volcánico interceptado por profundos cañones, quebradas bien empinadas, y una lava dura. Dirigidos por nuestro “guía” dejamos el camino a Cotahuasi y arremetimos campo traviesa, sorteando flujos de lava y ascendiendo lentamente la suave pendiente de la planicie. De cómo esta se tornaba empinada nuestras mulas mostraban signos de fatiga. Mientras esperábamos que tomen un ligero descanso nosotros nos adelantamos a pie, trepando pequeñas subidas, y para nuestra sorpresa y desmayo nos encontramos en el filo de un accidentado cañón, 1,500 pies de profundidad, el cual cortaba derecho frente a la montaña y que se ubicaba entre nosotros y sus altas cumbres. Después que las mulas descansaron, el guía ahora decidió voltear a la izquierda contrariamente de ir derecho hacia la montaña. Se origino una discusión sobre cuanto conocía el lugar, aun acerca del los pies del Coropuna. Negó que hubiera alguna estancia o algo en el cañón. “Abandonado; despoblado; desierto.” “Una basura; un solitario; lugar salvaje.” Así lo describió. ¿Ha estado el ahí? “No, Señor.” Afortunadamente fuimos capaces de divisar desde el filo del cañón dos o tres estancias cerca de un pequeño riachuelo. Como no era de preguntarse que necesitábamos llegar lo más pronto posible a la línea de nieve, decidimos dispensar de los servicios del muy bien - conocedor “guía,” y nosotros solos guiar nuestro camino. La altitud del filo del cañón fue 16,000 pies; dos mulas mostraron signos de una aguda enfermedad de altura. Los arrieros bulliciosamente comenzaron a quejarse, pero hicieron lo que pudieron para relajar las mulas pinchando huecos en sus orejas; una teoría que botando sangre es una cosa buena para el soroche. Tan pronto que los tímidos arrieros llegaron a un punto donde pudieron ver el cañón, ellos divisaron algunos campos de pasto verde, se alegraron un poquito, y aun se rieron sobre la profunda ignorancia del “guía.” Pronto encontramos un sendero que nos llevo a dichas estancias.

 

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Nevado Coropuna desde el Sur

Cerca de la estancia había una taciturna mujer indígena. Quien se negó a proveernos de leña o forraje, aunque tratamos de pagarle por adelantado y le ofrecimos platería. Sin importarnos, procedimos a levantar nuestras carpas y tomar ventaja del cerco de piedra de su corral para nuestra fogata. Después que reinó la paz y perfectamente era evidente que nosotros no hacíamos daño, la puerta de una de sus chozas se abrió y apareció un hombre indígena. Sin ninguna duda la causa de su desaparición antes que lleguemos fue la fácilmente discernible presencia entre nosotros de los botones de bronce relucientes del Cabo Gamarra. Posiblemente el escogió ese remoto rincón de ese lugar salvaje para vivir si es que tenia la conciencia culpable y al divisar al gendarme de inmediato decidió que era mejor esconderse. Más posible, pareciera, que se asustaba de la visita del reclutamiento, desde que era muy probable que él no hubiera servido su servicio militar obligatorio. En todos los casos, desde que la mujer descubrió que nosotros no buscábamos a su hombre, ella permitió que su curiosidad sobreponga su temor. Encontramos que los Indígenas mantienen algunas llamas. Ellos hacen también utensilios de barro, quemándolos con leña y estiércol de llama. Viven casi enteramente de chuño papa congelada deshidratada. Poco más que papas crecerían a 14,000 pies encima del nivel del mar. Como vecinos los indios tenían a un solitario hombre viejo, quién vivía a media milla quebrada abajo.

Coropuna, tomado desde un punto 22 millas al sur de la montaña

Antes de la noche los vecinos vinieron a enterarse, Intentamos lo mejor para persuadirlos a que nos acompañen a la montaña y ayuden a cargar el equipaje desde el punto en que las mulas tendrían que parar; pero ellos absolutamente declinaron y positivamente. Pienso que uno de los hombres posiblemente habría ido, pero tan pronto que su muy tranquila y bien amanerada mujer lo miro diciéndole Adiós con su mano ella entró en un torrente de violenta denunciación, diciéndole que la montaña “se lo comería” y que al menos que él quisiera irse al cielo antes de tiempo era mejor que esté solo y quedarse donde estaba. Cieza de León, uno de los más cuidadosos de las primeras crónicas (1,550), dice referente al Coropuna “el demonio” que conversa “más libremente” que usualmente. “por alguna razón secreta hacia Dios, se dice que los demonios caminan libremente en ese lugar, que los indios se aterrorizan cuando los ven. También escuché que esos demonios han aparecido a los Cristianos en forma de Indios.” Posiblemente la voluble esposa fue ella misma una de los famosos demonios del Coropuna. Ella ciertamente conversaba “más libremente” que usualmente. O posiblemente ella pensó que los “demonios” del Coropuna ahora estaban apareciendo a los Indios “en la forma” de Cristianos! De alguna forma los indios dijeron que en la cima del Coropuna siempre había un agradable paraíso caliente conteniendo bonitas flores, ricas frutas, loros de brillante plumaje, papagayos, y hasta monos, esas criaturas de climas calientes. El alma de los que mueren paran a descansar en este atractivo lugar en su vuelo al más allá. Como la mayoría de la gente primitiva que vive cerca de las montañas de hielo, ellos tienen terror a estas cumbres prohibidas y a las nevadas que parecen venir de ellos. Probablemente los indios esperan ganarse el favor de los demonios que merodean la cumbre de las montañas inventando agradables cuentos que narran su presencia. Es interesante saber que en el pueblo de Pampacolca, el gran explorador Raimondi, en 1865, encontró que los nativos “exiliados del mundo civilizado, aun preservaban sus costumbres primitivas…. cargando ídolos de barro hacia las faldas del gran nevado Coropuna, donde los ofrecían como sacrificio.” Aparentemente la montaña aun inspira miedo en el corazón de todos los que viven cerca de allí.

El hecho de que aceptamos remunerar por adelantado pagos nunca escuchados, diez veces mayor que el usualmente ganado por los jornaleros de esta localidad, que añadimos el ofrecimiento de las preciosas hojas de coca, el grandemente- para ser- deseado “fire-water,” el tabaco raramente visto, y otras buenas cosas normalmente buscadas por los peruanos de las alturas, no tuvo efecto ante el terror a la montaña. Ellos bien lo sabían que el surumpe, ceguera ocasionada por la nieve era alguna de las enfermedades a encontrarse; mientras que los lentes oscuros, ropa térmica, cocinas de kerosene, y bastante buena comida, las cuales fue ofrecida gratuitamente, fueron desde luego muy remotos como fuentes de posibilidades para creer. El profesor Coello entendió todos estos puntos perfectamente y, siendo capaz de hablar quechua, el lenguaje de nuestros prospectivos cargadores, hizo de lo mejor para argumentar, no solamente como leal a la Expedición, pero porque los caballeros peruanos siempre miran como algo extremadamente indignante e impropio el llevar una carga. Sabía que uno de los más enérgicos y eficientes hombres de negocio del Perú, un altamente respetado caballero de una ciudad andina, estuvo muy disgustado de ser obligado a llevar una cámara fotográfica enrollada y desmontada, un poquito más grande que un lápiz, que tuve que enviar un cargador, un portero indígena, para que lo haga por él.

A propósito, el Profesor Coello, estuvo perfectamente deseoso de llevar su parte y mucho más; pero ni él ni nosotros estuvimos ansiosos de trepar con la pesada carga en nuestras espaldas, en el aire enrarecido de las elevaciones miles de pies más altos que el Monte Blanco. El argumento con los indígenas fue largo y discutido y esas ofertas de dinero y cosas se hicieron más y más generosas. Todo fue en vano. Finalmente llegamos a la conclusión de que cualquier suministro y provisiones que llevábamos al Coropuna tendrían que ser cargadas sobre nuestras propias espaldas. Esa noche la cima del domo truncado, el cual era ajustadamente visible desde el paraje cerca de nuestro campamento, fue bañado por una aureola de reflejo Alpino, inexplicablemente bonito. El aire, mientras tanto, fue muy frígido y los alrededores se congelaron sólidamente. Durante la noche la mula del gendarme se volvió nostálgica por su tierra y desapareció con el caballo de Coello. Gamarra fue enviado a buscar a los animales fugitivos, con órdenes de seguirnos lo más pronto posible.

Como no guías ni cargadores fueron encontrados, fue esencial persuadir a los hermanos Tejada para que lleven sus mulas lo más lejos posible hasta la nieve, desafío que ellos declinaron de hacer. Las mulas, Don Pablo dijo, ya han ido lo más lejos y distante que otro grupo podría ir. Tan pronto llegamos al campamento Tucker había ido a hacer un reconocimiento. Reportó que había un sendero que salía del cañón hacia arriba a unos pastizales de llama en las faldas de las montañas. Los arrieros negaron la exactitud de sus observaciones. Como quiera, después de una prolongada discusión, ellos aceptaron ir tan lejos con tal que exista buen camino, y no más. No había preguntas sobre nosotros. El caso fue muy simple de llevar la carga lo más alto y pronto posible antes que nosotros mismos comencemos a cargar. Era de imaginarse que los arrieros cargaron muy lentamente y con mucho desgano, aunque las cargas ahora eran considerablemente menos pasadas. Finalmente, dejando atrás nuestras alforjas, suministros ordinarios, y todo aquello absolutamente considerado no esencial para dos semanas de estadía en la montaña, partimos.

Pudimos caminar más rápido que las mulas cargadas, y pensamos que era mejor estar lo más alejados para evitar problemas y no escuchar las constantes quejas de los arrieros. Después de una hora de un no muy duro ascenso sobre un buen sendero de llama, Los hermanos Tejada se pararon en el lindero de un pastizal y nos gritaron para que regresemos. Les respondimos de la misma manera, gritándoles, diciéndoles que sigan adelante, el cual siguieron por una media hora más, lentamente zigzagueando las cuestas pedregosas con arena volcánica negra. Entonces ellos no solamente pararon sino que comenzaron a descargar las mulas. Fue necesario volver rápido y comenzar una violenta y acalorada discusión sobre si la letra del contrato había sido satisfecha y si las mulas debían dejarse ir “lo más lejos hasta que razonablemente se espera que pueden ir.” La vedad fue, los Tejadas estuvieron aterrorizados al acercarse al misterioso Coropuna. Ellos estuvieron seguros que éste tomaría venganza en ellos destruyendo sus mulas, quienes “ciertamente morirían de soroche al día siguiente.” Les ofrecimos un bono de treinta soles –quince dólares – si es que fueran por otra hora, y los amenazamos con una serie de cosas si no lo hacían. Al menos reajustaron sus cargas y comenzaron a ascender de nuevo.

La altitud ahora era de 16,000 pies, pero a los pies de una pequeña cuesta los arrieros se pararon de nuevo. Esta vez tuvieron éxito en descargar dos mulas antes de que volvamos por medio de piedras y arena a pararles. Acuerdos a ruegos ahora fueron en vano. ¡La única cosa que podría satisfacer ahora era un documento legal! Ellos demandaron un acuerdo “en escrito” que en caso que cualquier mula moría como resultado de este infundado intento de llegar a la línea de nieve, estábamos obligados de pagar doscientos soles de oro por cada una de las mulas que mueran. Más aun, deberíamos de aceptar de pagar un bono de cincuenta soles si ellos continuarían ascendiendo hasta el medio día o hasta que fuesen parados por la nieve. Este documento habiendo sido completamente ejecutado por el Profesor Coello, sentado en una roca de lava en el centro de tufos del antiguo volcán, fue correspondientemente firmado y sellado. En orden de evitar alguna disputa sobre la hora, mi mejor cronómetro fue dado a Pablo Tejada para que lo lleve hasta el medio día. Las mulas fueron cargadas de nuevo y comenzó el ascenso. En esos momentos las mulas encontraron algún mal momento, en una cuesta con piedras grandes y arena escoria. Cada minuto esperábamos más problema. Como quiera que los arrieros, habiendo logrado un ventajoso negocio, hicieron lo mejor para continuar. Afortunadamente las mulas alcanzaron la línea de hielo quince minutos antes del medio día. Los hermanos Tejada no perdieron tiempo en descargar, cobraron su bono, prometieron volver en diez días, y antes que nos diéramos cuenta habían desaparecido cuesta abajo por un lado de la montaña.

Pasamos la tarde estableciendo nuestro Campamento Base. Teníamos tres carpas, la “Mummery,” una muy liviana y diminutiva carpa de pared de cerca de cuatro pies de alto, hecho por Edgington de Londres; una carpa de pared ordinaria, 7 por 7, de material casi pesado, con piso cosido; y una carpa piramidal mejorada, hecho por David Abercrombie, pero designada por el Sr. Tucker después de otra usada en el Monte McKinley por el Profesor Parker. La carpa de Tucker tenía dos aberturas – una pequeña ventana en el tope de la pirámide, capaz de ser cerrada por una capa ajustable en caso de tormenta, y una entrada oval por la cual uno tenía que gatear. Esta abertura podía cerrarse según como uno lo desee con una cuerda de botón. Un piso impermeable, midiendo 7 por 7, fue cosido a la base de la pirámide para que un solo poste, sin la ayuda de cuerdas, fuera todo lo necesario para mantener la carpa parada después de que el piso fuera acuñado por hielo o suelo. La carpa de Tucker ofrecía la ventaja de ser cargada sin dificultad, ser fácilmente levantada por un solo hombre, listamente ventilada y aun dar protección a cuatro personas en cualquier tiempo. Nos propusimos dejar la carpa de pared en la Base, pero llevar con nosotros en el ascenso la carpa piramidal. Determinamos llevar la “Mummery” a la cima de la montaña para ser usada durante nuestras observaciones.

Listos para dejar el Campamento Base en la marcha hacia la cima

Tucker a la izquierda, Coello en el centro, Gamarra a la derecha

La elevación de Campamento Base fue 17,300 pies. Estuvimos sorprendidos y contentos de saber que teníamos buen apetito y no soroche. A menos de cien yardas de la carpa de pared había un riachuelo diurno, alimentado por hielo derretido. Cada vez que fui a traer agua con el propósito de cocinar o lavar noté una rápida subida de mi pulso y un incremento de falta de respiración. Mi pulso normal es 70. Después que camine lentamente un ciento de pies en un nivel de esta altitud esta subió a 120. Después que estuve sentado por un momento ésta bajo a 100. Mi sentido de estar bien gradualmente se fue y fue seguido por malestar y desfallecimiento general. Había una esplendida puesta del sol, pero estábamos tan enfermos y de frio que no gozamos mucho de esto. Esa noche dormimos malamente y tuvimos algún dolor de cabeza. Un ventarrón soplo alrededor de la montaña y amenazó con llevarse nuestras carpas. A lo que nos despertábamos, pensado en qué momento nos encontraríamos abandonados por las frágiles carpas, no podíamos ayudar a pensar que el Coropuna no estaba dando una buena advertencia sobre lo que pasaría más arriba.

Por desayuno tuvimos penmican, hard-tack, sopa de legumbres y te. Todos necesitábamos bastante azúcar en nuestro te y tomamos bastante de esto. La experiencia en el Monte McKinley indujo a Tucker a creer ciegamente que las ventajas de penmican, una comida especialmente preparada para los exploradores del Ártico. Ninguno Coello o Gamarra o yo habíamos saboreado esto antes. Decidimos que no es muy sabroso la primera vez. Aunque sin dudarlo de gran valor cuando uno tiene que disponer largos periodos de tiempo en el Ártico.

 

El Campamento Base a

17,300 pies

 

Acampando a los 18,500 pies

En las faldas del Coropuna

 

Se decidió llevar con nosotros de la Base suficiente combustible y provisiones para que duren a través de cualquier posible desventura, aunque sea de una semana de duración. Recuentos de ascensos de los altos Andes están llenos de fracasos debido a la necesidad de los exploradores obligados a volver por comida, abrigo y protección antes de tener efecto en conquistar un nuevo pico. Uno recuerda las frecuentes decepciones que paso con los intrépidos escaladores como Whymper en Ecuador, Martin Conway en Bolivia y Fitzgerald en Chile y Argentina, que debido a los fuertes vientos, la inesperada venida de una tormenta y la debilidad causada por el soroche. Al costo de cargar sobre nuestras espaldas las pesadas cargas determinamos intentar para evitar ser obligados a retornar. Lo único que podíamos esperar es que ningún evento imprevisto pueda derrotar nuestros esfuerzos.

Tucker decidió establecer un escondite de comida y combustible en lo más alto que puedan ya que él y Coello cada uno puede llevar cincuenta libras en un solo día de ascenso. Me dejaron doblando las carpas y haciendo otros quehaceres, ellos partieron, llevando cargas de 25 libras cada una. Para mí su progreso hacia arriba por el costado de la montaña me pareció extremadamente lento. ¿Nunca llegarían a ningún lugar? Sus frecuentes paradas parecían absurdas. Estuve por aprender más tarde que en altas elevaciones es tan difícil para uno que no está escalando de tener algo de simpatía por esos sufriendo de soroche como es para un marinero en apreciar las sensaciones de uno que sufre de mareos ante el mar.

Durante la mañana instalé los barómetros y tome una serie de observaciones. Fue agradable notar que los dos nuevos aneroides para montaña registraron casi igual. Todas las diferentes unidades de cargamento que serian llevadas arriba de la montaña deberían de ser pesadas, para que al día siguiente nuestra carga pueda ser igualmente distribuida. Teníamos dos pequeñas cocinas de kerosene con quemadores Primus. El cabo Gamarra apareció durante el día, habiendo encontrado su mula, la cual se fugó doce millas quebrada abajo. No le agrado el prospecto de ascender el Coropuna, pero cuando miro la ropa térmica que le debía de proveer y enterarse que ganaría un bono de cinco soberanos de oro en la cima de la montaña, filosóficamente decidió aceptar sus tareas.

Tucker y Coello retornaron en medio de la tarde, reportando que aparentemente no había serias dificultades en la primera parte de la ascensión y que el escondite había sido establecido 2,000 pies arriba del Campo Base, en un campo de nieve. Tucker ahora nos asignó nuestra carga para el siguiente día y habilosamente preparo los tirantes y correas con los que deberíamos cargarlos.

Contrariamente a un inusual dolor de cabeza que duro todo el día, tenía algo de apetito. Nuestra sopa consistió de penmican con uvas secas, hard-tack y sopa de legumbres, las cuales todos fuimos capaces de comer, sino de gozar. Esa noche dormimos mejor, una de las razones fue que el viento no sopló tan fuerte como en la noche anterior. El tiempo continuaba bonito. Watkins debía llegar de Arequipa en uno o dos días, pero decidimos no esperarlo o correr el riesgo de encontrar una temprana nevada de verano. La siguiente mañana, después de ajustar nuestras cincuenta libras de carga en nuestras desacostumbradas espaldas, dejamos el campamento cerca de las nueve de la mañana. Determinamos no tomar ninguna oportunidad, en orden de prevenir el congelamiento de los pies cada uno fue ordenado de ponerse cuatro pares de medias de lana pesada y dos o tres pares de ropa interior gruesa.

El Profesor Coello y el Cabo Gamarra vistieron largas, botas pesadas. Yo tenía guantes de lana y “Arctic” zapatos reforzados. Tucker improvisó con lo que conceptuó como altamente satisfactorias sandalias y piezas de poncho de jebe. Desde que parecía que en adelante no treparíamos rocas, decidimos preferiblemente depender de ganchos de acero en vez de las pesadas botas con clavos que son muy familiares a los Alpinistas.

La nieve fue bien dura hasta la una de la tarde. Hacia las tres, fue tan suave que hacía imposible nuestro progreso hacia adelante. Nos dimos cuenta que, como cargados que estábamos, no podríamos escalar una subida suave más de veinte pasos cada vez. En una pendiente de nieve más suave tomamos veinticinco a treinta pasos antes de parar a descansar. Al final de cada intento este parecía como si fueran los últimos pasos que daríamos para siempre. Respirando violentamente, fatigados sin poder, y ganados por el mal de altura, parábamos para recostarnos en nuestras hachas de hielo hasta ser capaces de dar otros veinticinco pasos más.

Descansando en el camino al Campamento No. 4

No tomaba mucho tiempo para recuperarse uno. Finalmente alcanzamos un glacial marcado por un complejo de fracturas, no muy anchas, y casi todas cubiertas por puentes de hielo. Estuvimos amarados juntos, y aunque había una ocasional caída no se ponía gran tensión en la cuerda. Entonces vino un gran campo de nieve sin ninguna fractura. Por la mayor parte nuestro día fue una sucesión sin final de sesiones- veinticinco pasos y un descanso y seguidos de treinta pasos y un descanso más largo, que se tomaban tirados en la nieve. Nos movimos vigorosamente hasta cerca de las dos y media de la tarde, cuando el rápido derretimiento de la nevada paro nuestro avance. A una altitud de 18,450 pies, la carpa de Tucker fue instalada en un lugar casi plano. Nos dimos cuenta ahora que los dos grandes aneroides comenzaron a diferir. A lo que el sol se ponía la temperatura bajaba rápidamente. A las cinco y media el termómetro se paró en 22° F. Durante la noche el termómetro registro una temperatura mínima de 9° F. Observamos un considerable número de relámpagos en el noroeste. No fueron acompañados por ningún trueno, pero nos alarmó considerablemente. Temíamos que las tempranas nevadas de Noviembre posiblemente estén antes de tiempo. Cerramos nuestra carpa en cuenta del fuerte viento. Poseyendo un sistema de ventilación en el tope de la carpa, ingeniosamente respiramos justamente bien. Los escaladores de montañas en altitudes elevadas ocasionalmente han observado que uno de los síntomas de soroche agudo es una tos muy fastidiosa, tan violenta como una tos fuerte y frecuentemente acompañado por nausea. Nosotros no experimentamos esto a los 17,000 pies, pero ahora comienza a ser dolorosamente expuesta, y continuó durante los siguientes días y noches, particularmente en las noches, hasta que volvimos de nuevo a la estancia de los indios. Dormimos muy mal y continuamente despertados por el toser de los otros.

La mañana siguiente teníamos muy poco apetito, ninguna ambición, y una miserable sensación de desgano y gran fatiga. No había nada para esto que cargar nuestro cargamento, organizar nuestras cuerdas y proceder con la misma pesadilla – ahora un poco más dura que el día anterior. Salimos a las siete y media de la mañana y a las doce alcanzamos una altura de 20,000 pies, en un campo de nieve cerca de una milla de la montura entre el pico del gran domo truncado y el resto de la cordillera. Desde aquí nos pareció posible alcanzar la cima en un día más. Los aneroides diferían ahora por más de quinientos pies. Dejándome levantando la carpa, los otros fueron al escondite a traer algo de provisiones. Debido al hecho que nosotros estuvimos cargando el doble de peso que Tucker y Coello llevaron primero hacia arriba, no pasamos su escondite hasta el día de hoy. Al tiempo que mis compañeros aparecieron de nuevo yo estuve completamente descansado que me maraville del lento movimiento que hicieron ellos sobre la línea casi horizontal del campo de hielo. Parecía increíble que ellos descansen cuatro veces después que estuvieran dentro de un ciento de yardas del campamento.

Ninguno de nosotros tenía hambre esa tarde. Necesitábamos mucho té dulce. Antes de llegar la noche derretimos hielo para hacer llenar la tetera la cual pudiera ser calentada bien temprano en la mañana. Pasamos otra muy mala noche. El termómetro registro 7° F., pero no sufrimos con el frio. A propósito, cuando tú te apiñas con cuatro personas en el piso de una carpa de 7 x 7 pies ellos están obligados a dormir lo mas junto posible para mantenerse calientes. Más aun cada uno tenía una bolsa de dormir, frazadas, y mucha ropa pesada y chompas. Como quiera, sufrimos de soroche. Violentos estornudos nos atacaron a frecuentes intervalos. Ninguno durmió mucho. Me distraje conmigo mismo contando ocasionalmente mi pulsación, para encontrar que persistentemente no bajaba de 120, y si me movía saltaba a 135. No sé a dónde iría en el actual ascenso. Lo que puede determinar, esta no bajó de 120 por cuatro días y cuatro noches.

En la mañana del quince de Octubre nos levantamos a las tres de la mañana. Té caliente fue la única cosa que todos necesitábamos. Encontramos la tetera completamente congelada, aunque estuvo colgada en la carpa. Tomó una hora en descongelar y el té estuvo suficientemente tibio para propósitos prácticos cuando hice un movimiento mal calculado y pateé la tetera! Como nunca antes los hombres mantuvieron mejor su temperamento bajo circunstancias agravantes. Nada de reproche o indignación encontró mi rudo accidente, aunque el pobre Cabo Gamarra, quien estaba tirado en la parte baja de la carpa, tuvo que salir y vencer el frio (un poco seco) de afuera. Mi torpedad necesito una demora de casi una hora para departir. Mientras que estuvimos derritiendo la nieve y rehaciendo el té, nos calentamos con algo de sopa de legumbres y Irish stew. Tucker y yo comimos un poquito. Coello y Gamarra no tuvieron estomago para nada solo para té. Decidimos dejar la carpa de Tucker en el nivel de 20,000 pies, juntamente con nuestras cosas de campaña y provisiones. Desde aquí hacia la cima deberíamos de llevar solamente aquellas cosas que sean absolutamente necesarias. Ellas incluían la carpa Mummery con tirantes y postes, el barómetro mercurial de montaña, los dos aneroides Watkins, el hipsómetro, un par de lentes Zeiss, dos 3A kodaks, seis films, un psicrómetro, una brújula prismática con inclinómetro, un nivel de bolsillo Stanley, 80 pies de cuerda de montaña, tres hachas de hielo, un poste de 7 pies para bandera, una bandera Americana y una de Yale. En orden de evitar un desastre en caso de tormenta, llevamos también cuatro enlatados Silver de Irish stew que se calentaban por si solos y sopa de tortuga, una torta de chocolate, y ocho hard-tack, además de pasas de uva y cubos de azúcar en nuestros bolsillos. Nuestras mochilas pesaban casi veinte libras cada una.

Para nuestra gran satisfacción y consuelo, el tiempo continuaba bueno y había un poco de viento. En la tarde anterior la nevada fue tan suave que frecuentemente fue hasta nuestras rodillas, pero ahora todo estaba duramente congelado. Dejamos el campamento a las cinco de la mañana. Todavía estaba oscuro. El gran domo del Coropuna aparecía en nuestra izquierda, atravesado para un directo ataque por gigantes fallas de hielo. Para llegar a él primeramente deberíamos sobrepasar la montura en la cordillera principal. Desde allí aparentemente un perfil sin fracturas se extiende hasta la cima. Nuestro avance era perturbadamente lento, aun con nuestras livianas cargas. Cuando llegamos a la montura encontramos una penosa sorpresa. Hacia el norte de nosotros yacía un gran cono de hielo, el pico que primeramente divisamos del Calvario en Chuquibamba. Ahora éste parecía más alto que el domo que estábamos listos para ascender! Desde el desierto de Sihuas, ochenta millas lejos, ciertamente el domo pareció ser el punto más alto. Por lo tanto continuamos nuestro cometido, aunque enfrentados constantemente con la posibilidad que nuestras labores dolorosas sean en vano y que eventualmente, ese pico Norte sea el más alto. Comenzamos a dudar si tendríamos suficientes fuerzas para ambos. Perdida de sueño, soroche, y falta de apetito rápidamente fueron carcomiendo nuestra perseverancia.

El último perfil tenía una inclinación de treinta grados. Deberíamos de cortar gradas con nuestras hachas de hielo todo el tramo hasta arriba si no hubiese sido por nuestros snow-creepers, que trabajaron espléndidamente. Como estaba, actualmente no más de doce o quince gradas tenían que cortarse aun en la parte más inclinada. Tucker fue el primero en la cuerda, yo fui el segundo, Coello el tercero, y Gamarra traía el final. No fuimos un grupo muy exuberante. La alta altitud estuvo drenando nuestra ambición. Encontré que una pieza de azúcar actuaba como el más rápido restaurador de los espíritus caídos. Fue asombroso como el carbón en el azúcar era absorbido por el sistema y proporcionaba el alivio para las desfallecientes fuerzas del cuerpo. Un solo cubo daba tantas fuerzas y valor por varios minutos. Por supuesto uno no podía comer azúcar sin límite, pero ayudó para sortear lugares difíciles.

Lentamente zigzagueamos hacia arriba, horas y horas, alternando subidas y descanso, hasta que estuvimos por alcanzar lo que parecía ser la cima, obviamente, desafortunadamente no muy alto como nuestro enemigo del norte. Justamente Tucker dio un gran grito. El resto de nosotros estuvimos bien sin respiro para preguntarle porque estaba perdiendo su fuerza gritando. Cuando al final con mucho dolor llegamos al filo de lo que parecía la cima comprendimos la causa de su alegría. Allá, inmediatamente delante de nosotros, descansa una pendiente trescientos pies más alta de donde estábamos. Pareció extraño que en nuestra débil condición deberíamos estar contentos de saber que teníamos trescientos pies más que trepar. Recuerda, como quiera, que toda la mañana estuvimos asustados mirando fijamente aquel agravante pico norte. Siempre cuando teníamos un momento para considerar algo pero las dificultades inmediatas de nuestro ascenso nuestros corazones se habían incrustado dentro de nosotros ante el pensamiento de tal posibilidad, que después de todo, posiblemente encontremos que el pico norte es más alto. El hecho que ante nosotros descansaban otros trescientos pies, los cuales indudablemente nos llevarían al punto más alto de aquel agravante pico norte, fue mucho más que menos de los dos posibles demonios que entendieron el grito de Tucker. Aun ninguno de nosotros tuvo el vigor de repetirlo.

Con ligera sonrisa y renovado coraje nos desplazábamos gustosamente, descansando en nuestras hachas para hielo, como normalmente, cada veinte pasos cuando finalmente, a las once y media de la mañana, después de 6 horas y media de ascenso desde el campamento de 20,000 pies, logramos el punto culminante del Coropuna. A lo que nos acercábamos es este, Tucker, aunque muy emocionado de haber tenido éxito con la ingeniería del primer ascenso a esta gran montaña, se paró y con extraordinaria cortesía y propia abnegación sonrientemente me indicó que vaya adelante en orden que el director de la Expedición sea la primera persona en alcanzar el punto culminante. En orden de apreciar que grande fue el sacrificio que estaba deseoso de hacer, debería de mencionarse que su deseo de venir con la Expedición fue principalmente debido a su predilección por el escalamiento de montaña y su deseo de añadir el Coropuna a su colección de victorias. Extremadamente como apreciando su generosidad de preferirme, solamente acepté como hasta ahora continuar a su lado el ascenso. Juntos alcanzamos la cima, y nos tiramos para descansar y mirar en retrospectiva.

La bandera en la cima del Coropuna, 21,703 pies sobre el nivel del mar

 

El Campamento en la cima del Coropuna

Elevación, 21,703 pies

Uno de los frecuentes descansos en el ascenso

del Coropuna

Encontramos necesario tomar frecuentes descansos

 

El domo truncado es un campo de nieve de forma oval, casi plano, teniendo un área de casi medio Acre, cerca de 100 pies de norte a sur y 75 pies de este a oeste. Si este fue como suponemos, un cráter volcánico, desde hace mucho tiempo el cráter ha sido llenado de hielo y nieve. En el área no había rocas para ser vistas – solamente el duro núcleo de la centellante superficie blanca. La vista desde la cima fue desolada en extremo. Estuvimos en el medio de un gran desierto volcánico punteado por aislados picos cubiertos por nieve y ocasionales glaciares. Ningún átomo de verde fue por verse en ningún lugar. Aparentemente estuvimos en el tope de un mundo muerto. Andinistas de los Andes frecuentemente han hablado de haber visto cóndores a grandes altitudes. No miramos ninguno. Al Noroeste, veinte millas lejos frente a Pampa Colorada, un desierto rojizo, se erguía el nevado Solimana. En la otra dirección miramos a lo largo de la cordillera del Coropuna mismo; varios picos bajos siendo solamente algunos pies por debajo de nuestra elevación. Lejos al suroeste imaginábamos ver el duramente percibido azul del Océano Pacifico, pero era muy débil.

Alejandro Coello, Cabo Gamarra, y Hiram Bingham

(De izquierda a derecha parados en la cima del nevado Coropuna)

Mi padre fue un ardiente Alpinista, regocijándose orgullosamente no solamente de las dificultades del ascenso, pero particularmente en la satisfacción de la vista magnificente que se obtiene desde la cima. Su ardiente interés lo condujeron una vez, en el invierno, a ascender el pico más alto del Pacifico, Mauna Kea en Hawái. Cuando era niño me enseño a estar contento de escalar las montañas Oahu y Maui y ser apreciador de las vistas que pueden ser obtenidas por ese gasto de esfuerzo. Más aun ahora no puedo tomar el menor interés o placer en la vista desde la cima del Coropuna, tampoco podrían mis compañeros. Ningún sentido de satisfacción en haber obtenido un objetivo difícil nos alabó. Todos nos sentíamos grandemente deprimidos y un poquito apenados, aunque Gamarra pidió sus bonos y con complaciente determinación guardó sus monedas de oro.

La Cima del Coropuna

De izquierda a derecha: Cabo Gamarra, Señor Tucker, Dr. Bingham

 

Después que descansamos por un momento comenzamos a tomar observaciones. Desatando el aneroide que estuve cargando, encontré para mi sorpresa y desmayo que la aguja mostraba una altura de solamente 21,525 pies sobre el nivel del mar. El aneroide de Tucker leía mil pies más alto, 22,550 pies, pero aun esto resultó corto del estimado de Raimondi de 22,775 pires, y considerablemente debajo de los “23,000 pies de Bandelier.” Esto fue una fuerte decepción, por lo que esperábamos que los aneroides mostraran por lo menos un margen encima de la altitud del Monte Aconcagua, 22,763 pies. Este descubrimiento sirvió para arrojar nuestros espíritus aun más lejos. Tomamos el consuelo que pudimos del hecho que los aneroides, los cuales coincidían perfectamente hasta los 17,000 pies, ahora fueron muy obviamente nada de confiar. Solamente podíamos esperar que los dos prueben ser inexactos, como actualmente pasó, y que ahora ambos posiblemente estén leyendo muy bajo. De alguna manera, el pico norte pareció más bajo que el que estábamos. Para satisfacer alguna duda en este tema, Tucker tomo la caja de madera en la cual trajimos el hipsómetro, lo instaló en la nieve, niveló muy cuidadosamente con el nivel de bolsillo Stanley, y tomo una lectura directa hacia el pico norte. Sonrió y no dijo nada. Por lo que cada uno de nosotros nos tiramos en la nieve y tomamos una lectura directa. Esto fue correcto. Estuvimos al menos 250 pies más altos que ese agravante pico.

Estuvimos 450 pies más alto que el pico Este del Coropuna y un mil pies más alto que otra montaña en la vista. Por ningún precio, no deberíamos tener que llamar a nuestras rápidamente deterioradas fuerzas para ninguna otra dura ascensión en el futuro inmediato. Después de llegar a esta satisfactoria conclusión tendimos la pequeña carpa Mummery, instalamos el trípode para el barómetro de mercurio, preparar el termómetro con su aparato para medir el punto de ebullición, y con la ayuda de las Kodaks y libros de apuntes proceder a tomar la máxima información posible en las próximas cuatro horas. A las dos de la tarde leímos el mercurio, sabiendo que a la misma hora lecturas iban a ser registradas por Watkins en el Campamento Base y por los astrónomos de Harvard en el observatorio de Arequipa. El barómetro fue suspendido desde un trípode instalado en la sombra de la carpa. El mercurio que al nivel del mar normalmente se para a 31 pulgadas, ahora estuvo a 13.838 pulgadas. La temperatura del termómetro en el barómetro fue exactamente +32° F. Al mismo tiempo, dentro de la carpa encontramos el punto de ebullición del agua y tomamos una lectura con el hipsómetro. El agua hierve al nivel del mar a la temperatura de 212° F. Aquí esta hirvió a los 147° F. Después de tomar las lecturas desesperadamente tomamos el agua que había sido calentada para el hipsómetro. Estuvimos con suficiente sed para tomar hasta cinco veces. No teníamos hambre, y no hicimos uso de nuestras provisiones con la excepción de algunas pasas de uva, algo de azúcar y chocolate.

Después de completar nuestras observaciones, ajustamos nuestra pequeña carpa lo más seguro posible, acumulando nieve a su alrededor, y dejándola en la cima, primeramente habiendo puesto en esta uno de los cilindros grabados de bronce de la Appalachian Mountain Club, en el cual sellamos la bandera de Yale, un mapa contemporáneo del Perú, y dos breves mensajes sobre el ascenso. La bandera Americana fue dejada flameando desde un poste de 9 pies de alto, el cual fue plantado en el filo noroeste del domo, donde este pudiera ser visto desde el camino a Cotahuasi. Aquí el Sr. Casimir Watkins lo miró una semana después y el Dr. Isaiah Bowman dos semanas después. Cuando el Topógrafo Jefe Hendriksen llegó tres semanas después para hacer su levantamiento topográfico, esta había desaparecido. Probablemente una severa tormenta la arranco y la enterró en la nieve.

Dejamos la cima a las tres de la tarde y llegamos al Campamento Base de 20,000 pies dos horas y quince minutos más tarde. Intentamos un patinaje en la primera parte de la bajada hacia la montura. Después la pendiente se volvió parada y teníamos mucha velocidad para conforte, por lo que finalmente tuvimos que contentarnos con un lento medio de locomoción. Esa noche había poco viento. Los escaladores de montañas tienen más miedo a los excesivos vientos fuertes que a casi cualquier otra causa. Nosotros tuvimos mucha suerte. Nada ocurrió para interferir con nuestro mejor progreso que nosotros fuimos físicamente capaces de hacer. Resultó que no necesitamos tener que llevar muchas provisiones con nosotros. De hecho, queda la pregunta abierta si es que nuestra aguda enfermedad de montaña nos hubiera permitido a sobreponernos a una larga tormenta, o dejado suficiente apetito para usar las provisiones. Aunque uno se acostumbra a las altas altitudes, nosotros sentíamos mucha duda. Nadie en el Hemisferio Occidental nunca ha acampado durante la noche a 20,000 pies o levantado una carpa tan alto como en la cima del Coropuna. La severidad de la enfermedad de altura difiere grandemente en diferentes localidades, aparentemente sin depender enteramente de la altitud. Yo no sé cuánto tiempo nosotros podríamos haber soportado esto. Es muy difícil de creer que con la suficiente fuerza para lograr la subida nosotros deberíamos tener que sentirnos tan débiles y enfermos como estuvimos.

Esa noche, aunque estábamos muy cansados, ninguno durmió mucho. La tos violenta continuaba y todos nosotros estuvimos en la mañana de nuevo nauseabundos. Nos sentíamos tan mal que fuimos capaces de tomar un poquito de alimento que fue determinado llegar a bajas altitudes lo más rápido posible. Para aliviar el peso de nuestras mochilas abandonamos algunas de nuestras provisiones. Dejamos el campamento a las 9:20. Dieciocho minutos después, sin tener que descansar llegamos al escondite y recogimos las escasas cosas que quedaban. Aunque muchas cosas fueron abandonadas, nuestra carga parecía ser más pesante que nunca. Tuvimos alguna dificultad de sortear fracturas de hielo –crevasses, pero Gamarra fue el único que actualmente cayó en ellas, y fue fácilmente jalado de nuevo. Cerca del medio día escuchamos un lánguido halloo!, y finalmente vimos dos bultos bien abajo al costado de la montaña. El efecto de mirar a alguien fuera de este mundo fue preferiblemente curioso. Tuve una sensación atragante. Tucker, quien dirigió el camino, me dijo mucho después él no pudo mantener sus lagrimas de caer por sus mejillas, aunque nosotros no vimos cuando paso eso. Los bultos resultaron ser Watkins y un niño indígena, quienes habían venido a lo más alto posible sin la ayuda de sogas o crampons, y nos aliviaron con algo del peso. El Campamento Base fue alcanzado a las 12:30. Una de las primeras cosa que Tucker hizo al retornar fue de pesar todas las mochilas. Para mi sorpresa y disgusto me enteré que en la bajada Tucker, asustado que alguien se desmaye, había llevado 61 libras, y Gamarra 64 libras de peso, mientras que me había dado solamente 31 libras, y lo mismo a Coello. Esto, por supuesto, no incluye el peso de nuestros ice-creepers, hachas, o cuerda.

El día siguiente todos nos sentimos muy cansados y desmayados. De hecho, yo estuve casi ganado por la inercia. Daba miedo aun de levantar nuestras manos. El sol había quemado terriblemente nuestras caras. Nuestros labios dolorosamente se reventaban. Tosíamos y bostezábamos. Parecía mejor hacer el esfuerzo de volver por las mulas a bajas altitudes. Por lo que dejamos el campamento, alistando el equipaje sin esperar, poniendo nuestras bolsas de dormir y frazadas sobre nuestras espaldas y yendo rápidamente hacia abajo hacia las estancias de los indígenas. Inmediatamente nos dejó nuestro vago sentido mental. Nos sentimos físicamente fuertes. Tomamos respiros profundos como si hubiésemos vuelto al nivel del mar. No había la sensación de opresión en el pecho. Estuvimos aun a más altura que el tope del Pike Peak. Podíamos movernos rápido sin tener que quedarse sin respiración; la agravante “whooping caugh” nos dejó; y nuestro apetito retornó. Para asegurarse, aun sufríamos los efectos de la nieve y del sol. Durante el ascenso estuve muy sediento y sin debido control permití a mi mismo comer considerable cantidad de nieve. Como resultado mi garganta ahora fue tan sensible que los pedazos de biscocho que saboreé eran como vidrio molido. El cabo Gamarra; quien no deseaba mantener sus lentes para nieve siempre en su lugar y pensando que frecuentemente aliviaría sus ojos dispensando de ellos, ahora sufría de ceguera de nieve parcial “surumpe.” El resto de nosotros no fuimos afectados por ninguna inflamación a los ojos. Allí siguieron dos días de reposo y espera. Entonces los sonrientes arrieros, sorprendidos y contentos de vernos vivos de nuevo después de nuestra aventura con el Coropuna, arribaron con nuestras mulas. Los hermanos Tejada nos estrecharon con un fuerte abrazo de corazón y rápidamente se fueron arriba hacia la línea de hielo a recoger nuestra carga. Al siguiente día, Octubre 20, retornamos a Chuquibamba. Ellos nos dijeron antes de dejar Chuquibamba que nadie había subido al Coropuna, y que esto era un cometido imposible, por lo que no estuvimos sorprendidos al retornar cuando nos enteramos que ellos negaban el hecho de que habíamos alcanzado la cima. Por lo menos no les preocupó que dos peruanos quienes estuvieron con nosotros firmemente afirmaban que todos estuvimos en la cima.

Esta actitud de parte del pueblo común y corriente le irritó mucho a nuestro amigo el Sub-Prefecto que decidió darnos un documento oficial, firmado por el mismo y por el Secretario de la provincia, certificando que nosotros estuvimos en la cima. No aceptamos su simpática oferta, aunque su deseo de declarar oficialmente un hecho donde él no tenía evidencias reales fue una característica agradable.

Los primeros días de Noviembre el Topógrafo Jefe Hendriksen completó su levantamiento topográfico y encontró la latitud del Coropuna 15° 31’ Sur y la longitud 72° 42’ 40” Oeste de Greenwich. Computó su altura de 21,703 pies sobre el nivel del mar. El resultado comparativo con las lecturas de nuestro barómetro de mercurio, tomado en la cima, con las lecturas simultáneas tomadas en Arequipa dieron prácticamente las mismas figuras. Había menos de 60 pies de diferencia entre los dos. Aunque el Coropuna probó ser 1,300 pies más bajo que el estimado de Bandelier, y 1,000 pies más bajo que el pico más alto de Sud América, aun éste es 1,000 pies más alto que la más alta montaña en Norte América. ¡Mientras que nosotros estuvimos contentos de ser los primeros en llegar a la cima, todos nosotros estuvimos de acuerdo de no hacerlo nuevamente nunca más!

 

TIERRA INCA

***

CAPITULO III

 

HACIA PARINACOCHAS

 

Después de algunos días en el acogedor clima de Chuquibamba partimos hacia Parinacochas, la “Laguna de los Flamengos” de los Incas. Nuestros arrieros, los hermanos Tejada, nunca estuvieron en Parinacochas, pero sabían de una forma general sobre su ubicación y no estuvieron asustados de intentar llegar allí. Algunos de sus amigos habían estado allí y habían regresado vivos!

Primeramente, como quiera, nos fue necesario ir a Cotahuasi, la capital de la provincia de Antabamba, y encontrarnos con el Dr. Bowman y el Sr. Hendriksen, quienes venían lentamente trabajando a través de los Andes desde el valle de Urubamba, quienes necesitaban un nuevo abastecimiento de provisiones de food-boxes si ellos deberían de completar el reconocimiento geográfico a lo largo del Meridiano 73. Nuestra ruta nos guió para salir de Chuquibamba a su cima por una larga, dura cuesta y después sobre una suave pendiente, desierto semiárido con una dirección al norte, alrededor del lado oeste del Coropuna. Cuando paramos para acampar durante la noche en Tompullo, nuestros arrieros usaron yareta seca y guano como combustible para la cocina. Habían llamas pastando en las planicies, cerca de nuestra carpa había algunas ruinas incaicas, probablemente las propiedades de un jefe Inca, o posiblemente los restos de un templo descrito por Cieza de León (1519 – 1560), de quien sus remarcables relatos de lo que vio y aprendió en el Perú durante los tiempos de Pizarro son altamente respetados. Dice que entre los cinco más importantes templos en la Tierra de los Incas fue uno “más venerado y frecuentado por ellos, llamado Coropuna.” “este es una bien alta montaña la cual está cubierta con nieve tanto en verano como en invierno. Los reyes del Perú visitaron este templo haciendo presentes y ofrecimientos… Estos son tenidos por algunos buscadores de tesoros! que entre los regalos ofrecidos a este templo habían muchos cargamentos de plata, oro y piedras preciosas enterradas que ahora son desconocidos. Los indios escondieron otra cantidad que era para los servicios del Ídolo, y para los curas y vírgenes quienes le atendían. Pero como hay grandes masas de hielo, la gente no asciende a la cima, mas no se sabe donde están escondidos. Este templo poseía muchos rebaños, haciendas, y servicio de los Indios.” Nadie vive aquí ahora, pero hay muchos hatos de llamas, y no muy distante miramos unos tambos y cementerios antiguos. Esa noche sufrimos de un intenso frio, y nos mantuvimos despertados por el fuerte viento que soplaba hacia abajo desde los campos de nieve del Coropuna y violentamente golpeaba las paredes de nuestra carpa.

Al siguiente día cruzamos dos pequeños oasis, diminutos riachuelos con agua de las derretidas nieves del Coropuna. Lentamente subimos alrededor de los bajos escarpados del Coropuna hacia un desierto inhóspito de bloques de lava y arena escoriase, la Pampa Colorada. Esta es por de mayor parte está entre 15,000 y 16,000 pies sobre el nivel del mar, y está limitada en su lado norte por el cañón del rio Arma, 2,000 pies de profundidad, donde hicimos nuestro campamento y pasamos una mejor noche llevadera. La siguiente mañana subimos de nuevo a lo largo del más distante lado del cañón y cruzamos las laderas orientales del nevado Solimana. Pronto el camino dobló a la izquierda, lejos de nuestro viejo amigo el Coropuna. Esta mañana estuve particularmente ansioso de tomar una foto de nuestra recua cabalgando uniformemente a lo largo del desierto andino, directamente alejándose del Coropuna. Desde que mi mula no galopearía adelante, tuve que desmontarme y correr unas doscientas yardas delante de la caravana que avanzaba rápidamente y tomé la foto antes que me alcanzaran……continua.........

 

C:\Documents and Settings\Owner\My Documents\My Pictures\coropuna cruzando el desierto.jpg

Nevado Coropuna desde el Noroeste

 

El Sub-prefecto de Cotahuasi, su escolta militar, y Señores. Tucker, Hendriksen, Bowman, y Bingham inspeccionado la industria local de alfombras

  

 

 

 

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